jueves 22 de marzo de 2012
Bienvenido
Hoy es San Bienvenido. Lo pone en el calendario que tiene uno delante. Y viene esto como anillo al dedo porque hoy llega M. desde Vigo para meternos en la recta final de su disco. Pese a que anda uno un poco despistado en cuanto a lo musical estos días, con todo esto de intentar no sucumbir a la crisis, acabar el libro y los artículos de This Is Rock, tengo muchas ganas de volver a colgarme la guitarra y darle al play para grabar.
miércoles 21 de marzo de 2012
Mercería
La mercería es otro de esos lugares donde el tiempo parece haberse detenido. En esta tarde de recados que me ha apuntado M. en un papel, anda uno de aquí para allá. Una copia de la llave, algo para cenar y, finalmente, una goma elástica para las gafas de la piscina.
Mientras espero educadamente a que me toque el turno, me quedo absorto mirando las paredes del establecimiento donde no queda un hueco libre. Todo tipo de botones, broches, dedales y una enorme exposición de bragas y tangas sin costura son los testigos mudos de la historia del local. Algunas prendas son realmente espectaculares en tamaño, de color carne y con ese aspecto ortopédico que le resta cualquier erotismo implícito.
Todo ha sido colocado meticulosamente. Un orden necesario si la dependienta, una mujer que debe llevar aquí tanto tiempo como el inmueble, quiere encontrar las cosas en un santiamén. Y uno la imagina como aquellas solteronas de hace años, siempre con otra señora sentada en una silla en una esquina de la tienda, haciendo punto y mirando por encima de las gafas a los clientes –sobre todo si son hombres- controlando quién entra y quién sale.
En cuanto le pedí la goma elástica, sacó un muestrario donde había todo tipo de grosores y colores. Después de elegir la que más se parecía al original y pagar los 19 céntimos que costó, se fue uno a casa contento de haber pasado la tarde explorando las calles de esta ciudad que tanto se parece aquella donde pasó uno sus primeros 14 años.
martes 20 de marzo de 2012
Ferretería
Haciendo una copia de la llave en la ferretería. Es este un lugar de perdición para un coleccionista como yo. Miles de objetos ingeniosos se reparten a diestro y siniestro; esas cosas que uno piensa muchas veces que habría que inventarlas… pues no, existen, y se encuentran en lugares como éste. Abridores de botes que se resisten, navajas multiusos, linternas de todo tipo, artilugios extraños para reparar cualquier cosa de la casa o miles de tornillos, tuercas y clavos.
El caso es que perdió uno media tarde pensando en llevarse casi todos los objetos allí expuestos aunque luego, al final, se fue con las manos vacías. Es más, casi olvidó la copia de la llave que había ido a hacer.
lunes 19 de marzo de 2012
Cine
Me llevó M. al antiguo cine del pueblo. Disfruté mucho, no sólo de la película, -esa “No habrá paz para los malvados”, desenfocada, en una copia que daba saltos y una pantalla perdida en medio de un inmenso escenario de teatro- sino también de aquel viejo cine reconvertido en centro de múltiples actividades.
Sólo una señora atendía todos y cada uno de los oficios. Primero nos vendió la entrada –dos minúsculos papelitos que uno tuvo que hacer verdaderos esfuerzos para no perder entre los papeles de la cartera-, después le pasaba la fregona a los lavabos y se cuidaba de que todo estuviera en su sitio y, más tarde, a grito de “cuidado que voy”, arrastraba una mesa con ruedas donde, bajo una sábana negra, se escondía toda una exposición de chucherías y palomitas.
A uno le trajo muchos recuerdos de cuando, a los doce o trece años, se metía solo en los cines de Gijón a ver los estrenos que nadie quería ver. “Atmósfera Cero”, “Terminador” o “Heavy Metal” en unas salas con escaso público. Después, mi abuela se enfadaba y le decía a mi madre “esti neñu ye muy raru, siempre por ahí solu metidu en los cines..”
domingo 18 de marzo de 2012
sábado 17 de marzo de 2012
viernes 16 de marzo de 2012
Recuerdos en venta
Con la venta de la casa me pasará, supongo, como con el ático. Nunca más volví a pensar en él como “aquellos buenos tiempos”. Sí que pasaron muchas cosas entre aquellas cuatro paredes, pero siempre lo recuerdo como un tiempo de vértigos, de no saber muy bien dónde ubicarse y qué camino seguir.
Aquellos vecinos, que parecían sacados de una comunidad de pequeños monstruitos, semejantes a los muñecos que guardo en las vitrinas, fueron toda una experiencia.
Como el señor J. que, ya al final, me pidió un préstamo de 50 euros porque no tenía para vivir. Después se iba a jugar a las cartas con sus amigos al bar de la esquina y debía meses y meses de alquiler. Como era el presidente de la comunidad, cuando había que cambiar una bombilla hacia colectas entre los vecinos y luego decía que las bombillas habían subido una barbaridad.
O J., que tenía nombre de jefe indio y era viudo. Yo había conocido a su mujer. Una señora que había empapelado las paredes con alfombras de vivos colores. Tuve que entrar en su casa un día que hubo una filtración de agua en la terraza. Como siempre estaba enferma recibía sentada en el salón, maquillada y con una bata rosa. Te invitaba a que admiraras la belleza de aquella estancia. Uno se sentía como en la sala de espera de un burdel, donde la madam hacía tiempo hasta que salieran las chicas para que eligiera el cliente.
Cuando murió su mujer, J. se dejó una perilla muy juvenil y salía todas las tardes a divertirse. No hablaba casi nunca con nadie y apenas saludaba. Un día, alguien se dio cuenta de que hacía una semana que la basura se había quedado en la escalera, frente a su puerta, y que nada se sabía de él. Alarmados sus hijos, después del silencio de dos semanas, la policía lo econtró sentado en el váter en una posición poco digna para morirse. Uno no pudo evitar que un escalofrío le recorriera el cuerpo sabiendo que su lavabo estaba justo debajo del mío y que allí había estado dos semanas.
Los inquilinos de toda la vida se estaban haciendo mayores. Las trifulcas con el dueño de la casa eran constantes. Uno nunca tuvo mucho problema con nadie, salvo con unos ecuatorianos que se instalaron en el piso de J., precisamente, y que montaban unos escándalos de órdago a las tres de la mañana.
La verdad es que se podría contar mil anécdotas de aquellos diez años. La maravillosa vecina ninfómana, la señora P., que era mala, mala, mala; la señora M., con cierto aire varonil que siempre estaba apuntada a extraños cursillos, A. que fue la primera camarera de Studio 54 y era encantadora o mi última “pared con pared”, que vivía dos niñas en 30 metros cuadrados y decía que era relaciones públicas de no sé que sala de fiestas. Un zoológico humano en el que yo, no nos engañemos, no desentonaba lo más mínimo. Había que mimetizarse…
Aquellos vecinos, que parecían sacados de una comunidad de pequeños monstruitos, semejantes a los muñecos que guardo en las vitrinas, fueron toda una experiencia.
Como el señor J. que, ya al final, me pidió un préstamo de 50 euros porque no tenía para vivir. Después se iba a jugar a las cartas con sus amigos al bar de la esquina y debía meses y meses de alquiler. Como era el presidente de la comunidad, cuando había que cambiar una bombilla hacia colectas entre los vecinos y luego decía que las bombillas habían subido una barbaridad.
O J., que tenía nombre de jefe indio y era viudo. Yo había conocido a su mujer. Una señora que había empapelado las paredes con alfombras de vivos colores. Tuve que entrar en su casa un día que hubo una filtración de agua en la terraza. Como siempre estaba enferma recibía sentada en el salón, maquillada y con una bata rosa. Te invitaba a que admiraras la belleza de aquella estancia. Uno se sentía como en la sala de espera de un burdel, donde la madam hacía tiempo hasta que salieran las chicas para que eligiera el cliente.
Cuando murió su mujer, J. se dejó una perilla muy juvenil y salía todas las tardes a divertirse. No hablaba casi nunca con nadie y apenas saludaba. Un día, alguien se dio cuenta de que hacía una semana que la basura se había quedado en la escalera, frente a su puerta, y que nada se sabía de él. Alarmados sus hijos, después del silencio de dos semanas, la policía lo econtró sentado en el váter en una posición poco digna para morirse. Uno no pudo evitar que un escalofrío le recorriera el cuerpo sabiendo que su lavabo estaba justo debajo del mío y que allí había estado dos semanas.
Los inquilinos de toda la vida se estaban haciendo mayores. Las trifulcas con el dueño de la casa eran constantes. Uno nunca tuvo mucho problema con nadie, salvo con unos ecuatorianos que se instalaron en el piso de J., precisamente, y que montaban unos escándalos de órdago a las tres de la mañana.
La verdad es que se podría contar mil anécdotas de aquellos diez años. La maravillosa vecina ninfómana, la señora P., que era mala, mala, mala; la señora M., con cierto aire varonil que siempre estaba apuntada a extraños cursillos, A. que fue la primera camarera de Studio 54 y era encantadora o mi última “pared con pared”, que vivía dos niñas en 30 metros cuadrados y decía que era relaciones públicas de no sé que sala de fiestas. Un zoológico humano en el que yo, no nos engañemos, no desentonaba lo más mínimo. Había que mimetizarse…
jueves 15 de marzo de 2012
La casa
Hoy ha hablado con un par de inmobiliarias. Hemos puesto la casa en venta a un precio asequible para los compradores de hoy. Puede que en un principio nos costara hacerlo, pero las cosas no tienen más valor que el que tú estimes que pueden servirte para una serie de planes para el futuro.
La casa está perfecta, casi nueva y el que se la compré la disfrutará, eso seguro. El lugar es magnífico, tranquilo y con vistas a la montaña, al pueblo y hasta un pedacito de mar. Piscina, jardín, garaje…
La casa está perfecta, casi nueva y el que se la compré la disfrutará, eso seguro. El lugar es magnífico, tranquilo y con vistas a la montaña, al pueblo y hasta un pedacito de mar. Piscina, jardín, garaje…
miércoles 14 de marzo de 2012
Adiós vitrinas (2)
Las cajas se van llenando poco a poco. Las figuras de Kiss, las de cine de terror clásico, las del cine moderno, han sido envueltas con sumo cuidado en plástico de burbujas y colocadas en esa especie de ivernáculo que es la hermética caja de plástico. No deja de ser una paradoja que parece formar parte de una película de ciencia-ficción. También he habilitado una cajita con compartimentos donde poner todas los accesorios de las figuras. Es decir, que anda uno entretenido y descubriendo cosas que no se acordaba que tenía. Y se sorprende también que algunas de esas figuras estaban muy bien hechas. El Robocop de 18 centímetros es muy espectacular, y el Superman de resina, con su número de serie en edición limitada, parece que vaya a echar a volar en cualquier momento. Ahora toca la vitrina de “Tiburón”…
martes 13 de marzo de 2012
Adiós vitrinas (1)
Guardar la colección de cosas raras que uno ha ido acumulando desde su infancia, y que hasta ayer se podían ver en las vitrinas del estudio, está siendo toda una catarsis.
Cuando vivía en el ático de Barcelona no sé muy bien dónde guardaba todo eso, pero después, ya con el estudio de grabación montado, se me ocurrió que la idea de unas vitrinas donde colocar todos aquellos discos firmados, muñecos, juguetes de los setenta y ochenta, colecciones de cómics, etc, etc. eran una buena idea para decorar.
Y así ha sido durante todo este tiempo. Ahora, con la casa en venta, he preferido ir poco a poco recogiéndolo todo, para que cuando llegue el comprador de turno –si es que llega- no tenga que meterlo todo en cajas de cualquier manera.
Es curioso que esos objetos formen parte de la vida de uno. Algunas cosas son un recuerdo, un instante de mi vida. Otras han ido a parar a otra caja que acabará en el container o se regalará a alguien que la quiera.
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