En la radio, en los periódicos, decían ayer que el pasado lunes fue el peor día del año. Argumentaban sesudos articulistas que, la cuarta semana de enero, se vuelve en contra de uno mismo. Y ahora entiendo porqué estaba yo como estaba. Parece ser que esta semana, el cuerpo y la mente empiezan a darse cuenta de que los buenos propósitos pensados para este año no han empezado a desarrollarse como uno quisiera, que se sigue pagando una hipoteca –además han subido los tipos de interés- que si tomaste alguna decisión drástica, tal vez te equivocaste, que las caras que ves cada día siguen siendo las mismas que veías antes y que los sueños, al fin y al cabo, sueños son. Uno, claro, nunca sabe si todo eso está justificado o si son, simplemente, maneras de llenar las páginas de los diarios y los contenidos de los telediarios. El caso es que, sí, probablemente algo debe haber. Hemos terminado un año, se han acabado muchas cosas, empiezan otras y algunas se han quedado colgadas como una colada que no acaba de secarse al sol... Normal, está lloviendo estos días.

