Hoy ceno temprano, a las ocho, porque vamos a ver un concierto. Mientras apuro un bocadillo frío y una cerveza pongo la tele. Me encuentro raro porque tengo por costumbre no encender nunca la televisión antes de las nueve o nueve y media. La tele lo mata todo, las ganas de leer, la concentración para escribir, la inspiración para tocar. Me encuentro con “Me llamo Earl” una de esas series que duran 20 minutos y que nunca competirán con “Anatomía de Grey” o “House” pero que, para un momento cortito tiene su gracia. Se trata de un tipo al que le toca la lotería y decide hacer una lista con todas las cosas que hizo mal en su vida y resolverlas. La moraleja es que el dinero no lo resuelve todo. No es una tontería. Imaginemos por un momento que pudiéramos arreglar los desaguisados que hemos ido haciendo por el mundo a lo largo de nuestra existencia. Seguramente, más que para una serie, la cosa daría para toda una saga.
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El artista no nos gustó. Eran unos músicos de lujo, pero era como si pasaran por allí y, bueno, vamos a tocar un ratito. Parecía más un ensayo general que un concierto frente a un público que, sin embargo, había pagado su entrada. Y uno, que sabe lo difícil que es convencer a la gente para que salga de casa, se rasque el bolsillo, pague su ticket y se meta en una sala para ver un concierto, le daba mucha pena el abismo que se iba creando entre cantante y público, una grieta que se acentuaba cada vez más a lo largo que iban cayendo las canciones del repertorio. Y el caso es que escuchado por la radio no me disgusta y seguro que hasta podría escuchar su CD con cierto agrado. Como a E. tampoco le convencía mucho nos fuimos discretamente y sin que nadie se enterara. También llevaba yo un día ajetreado y eso no ayuda nunca a evadirse, claro.
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“Esta es una buena película para los cinéfilos del cine”
(Frase oída a un locutor de radio, experto en cine por supuesto, comentando los últimos estrenos. Yo, como soy cinéfilo de la cocina...)
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Me senté en el porche con los periódicos recién comprados, con un café descafeinado, por supuesto, y una leve brisa paseándose tranquilamente por el jardín. Quien dijera que aún es invierno parecería estar engañándose a sí mismo. El hombre del tiempo ya anuncia la primavera y no se da cuenta de que no importan las fechas sino cómo y de qué manera sientes tú los cambios de tiempo en el corazón. Me fijo en los titulares del diario y me detengo en algunos artículos de opinión, mucho más ligeros en fin de semana, y las secciones de cultura que acapara la entrega de los Oscar sin ninguna medida. Es curioso como ha dejado de interesarme el cine moderno y como disfruto ahora mucho más revisando clásicos antiguos. Y no es que piense que cualquier tiempo pasado fue mejor, es simplemente que me parece que el cine actual tiene demasiada prisa. Esos montajes vertiginosos, herencia de las series de televisión, esos planos que duran segundos y esa necesidad imperiosa de entrelazar historias de la forma más complicada me atraen cada vez menos. Las películas, para mí, son como los discos. Esos que, cuando te gustan los pones y los dejas sonar varios días en el reproductor sin que necesites otras melodías. Si dejas que las imágenes de “Lawrence de Arabia”, de “Doctor Zhivago” o de “Ben-Hur” te hagan compañía, puedes observar que los que se mueven en planos perfectos que parecen cuadros son los personajes, los actores. Sólo ellos y no la cámara de un lado a otro agotando las retinas.
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Nunca he sido bueno para las fechas. Tengo que apuntarlas en el calendario para no fallar en algunos cumpleaños, incluso en el mío. Y el año avanza y casi no me doy cuenta. Hoy, cuando me he levantado de la cama, resulta que era de día y por un momento pensé que era tarde, pero llevaba ya un rato con la radio encendida y había contado los minutos con esa precisión que sólo tienen los insomnes. Simplemente es que los días han empezado a crecer, así, sin preguntar, sin pedir permiso. Y uno piensa que el tiempo, los mecanismos que mueven el mundo, hacen lo que les da la gana y nosotros, pobrecitos mortales, decimos “señor, sí señor” como en un ejercito de paso atropellado sin posibilidad de otro destino. Y dentro de poco será 17 de marzo. Cómo pasa el tiempo.
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Los lugares comunes son muy importantes. Cuando íbamos al colegio hacíamos amigos para toda la vida, porque la cotidianidad del roce era lo que nos mantenía unidos. Después continuaba en el instituto y los amigos del colegio quedaban ocultos tras el tupido velo del olvido. Pero, cuando las carreras universitarias se terminan también, sólo queda en las agendas una colección de números cada vez más borrosos. Uno se fabrica su universo, pequeño y frágil alrededor de los días en los que madruga, desayuna, va a trabajar, come un menú en el bar de abajo o sale a pasear por las calles de su barrio. De vez en cuando vuelve a los lugares comunes. A veces sólo en la memoria, otras físicamente, como buscándose a si mismo, y descubre que esos lugares son comunes ya a otras personas, que ya no nos pertenecen. Y pasé el otro día por los bancos de Padua y P. tenía razón, aparte de unas obras y unas señales de prohibido, la pintura plástica había borrado cualquier signo de que alguna vez estuvimos allí. Uno se conformaba con poco en aquellos días, pero tenía unas ganas enormes de comerse el mundo aunque, ahora se sabe, es el mundo quien se lo merienda a uno cada día. Los recuerdos de juventud se agrandan con los años, crecen de manera desmesurada y todo parece una fantasía, un paisaje al que tememos mirar por miedo a que se desvanezca.
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Actuaba el Dúo Dinámico en la televisión. Aún siguen siendo dúo aunque lo de dinámico sea discutible. Cantaron “Quince años tiene mi amor...” y me pregunté si estos señores, con esta edad y en estos tiempos que corren, no tienen miedo de acabar en la cárcel con una letra así.
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Cuando uno queda dos veces en el mismo bar o en el mismo restaurante luego puede decir aquello de “quedamos donde siempre” que le da a la ciudad una proximidad que, posiblemente, no tiene. Es como si tuvieras de pronto un lugar donde ir, un lugar al que, aunque acudas sin haber quedado con nadie, tiene el poderoso hechizo de hacer de la soledad un sitio familiar.
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Hoy no he cumplido con el paseo diario porque quería ir a mirar libros al centro. Fui en moto y me asusté, de pronto, del tráfico salvaje que movía la ciudad pasito a pasito. El ruido, después de dos meses de calles peatonales, era ensordecedor y la verdad es que me agobiaba un poco. El centro estaba en el mismo sitio de siempre aunque parezca raro y las tiendas, los dependientes, seguían siendo caras conocidas, esas caras distantes sin embargo. Yo no sé la cantidad de veces que he recorrido estos mismos lugares y cómo puede ser que nunca haya cruzado una sola palabra con la gente que regenta esos negocios.
Me dejo llevar, que para un día que se cobra al mes, merece la pena darse un homenaje de vez en cuando. “Final de viaje” es la recopilación obligatoria de Hilario Camacho. Un título poco afortunado aunque se entiende el tirón comercial del asunto después del triste final del cantante. Me hago con el “Live in Barcelona” de Springsteen que, como sube y baja de precio como las mareas, me pareció barato y me faltaba imperdonablemente en la colección. En cuanto a los libros, “Un placer fugaz”, una recopilación de cartas escritas por Truman Capote, porque los diarios y la correspondencia hablan de una persona muchísimo mejor que cualquier biografía por muy documentada que esté. Y este volumen es realmente apasionante, no he podido dejar de leer desde que abrí la primera página. Me he dejado llevar también por “Habitación de hotel” la última colección de poemas de la uruguaya Cristina Peri Rossi. Leí un par de versos en la tienda, de pie, y me encantó el planteamiento del libro, así que también a la bolsa. Supongo que cuando uno sólo ha viajado a través de los viajes de otros, cualquier nueva oportunidad de perderse en mundos ajenos es una provocación en la que se deja caer siempre con sumo gusto. Este libro es eso, un viaje cargado de erotismo, amor, soledad y pasión.
Una edición en doble DVD de “Casablanca”, que estaba agotada desde hace tiempo, es la última adquisición de la tarde. Un sin fin de extras, documentales y entrevistas son una reliquia para mí, que estaría tardes enteras en el café de Rick viendo pasar el mundo.
Por la mañana había estado oyendo la radio y uno de los locutores, el supuesto intelectual del programa, decía que tanto “Casablanca” como Gabriel García Márquez, el escritor, eran un mal a combatir, que habían hecho mucho daño a la cultura popular. Es el problema de oír según que cosas, que te pueden estropear una plácida mañana. Y esto no debiera suceder, porque cuando en un programa de tanta audiencia se dicen cosas así, mucha gente puede creer que son verdad y por lo tanto perder la oportunidad de descubrir, por ejemplo “El amor en los tiempos del cólera”, un relato de amor apasionante o disfrutar de una de las mejores películas de todos los tiempos para sentarse a ver “Aída” con ese fino humor que, por fin, alguien ha denunciado. Y es que hasta yo me escandalizo con algunos de los diálogos que se oyen en la serie, ¿un ejemplo?: La madre de Aída saliendo del lavabo diciendo: “Uff, que liberación, no llevaba tanta mierda dentro desde que estaba embarazada de vosotros”. Yo, permítanme, me quedo con el “siempre nos quedará París” de toda la vida.
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-¡No te vayas Paul, no sabes que sólo estaba antes de que vinieses!
-Conozco muy bien la soledad, sólo que yo no me quejo...
“El loco del pelo rojo” Vicente Minelli
Arlés no está lejos. Un poquito al norte del sur de Francia. No tendría mayor relevancia, sería uno de tantos pueblos de la Provenza, sino fuera porque allí, entre la luz que iluminan sus calles, entre los paisajes azotados por el Mistral, pintó Vincent Van Gogh una gran parte de su obra. La que más me gusta. Sin embargo en Arlés no hay ni un solo cuadro del pintor. Eso sí, si vas paseando por sus calles, te encuentras con reproducciones de cuadros frente al paisaje real, algo cambiado con el paso del tiempo, claro, que el bueno de Vincent veía cada vez que levantaba su atormentada vida de la cama. En Arlés, el pintor desarrolló una labor creativa arrolladora, apabullante en todos los sentidos. Su presencia en el pueblo despertaba la curiosidad de la gente y su extravagancia un rechazo que se fue haciendo insoportable a medida que sus pinturas no se vendían y que desembocó en la brutal disputa con su amigo y también pintor Paul Gauguin, al que el hermano de Vincent, Theo, pagó el pasaje desde París y la estancia en Arlés para que su desequilibrado hermano gozase de alguna compañía. Después, Vincent acabaría mutilándose salvajemente, en la casa que ambos artistas compartían, la famosa oreja que nunca debería eclipsar el impresionante poder de su pintura. Vincent apenas vendió cuadros en vida. Theo, que no lo sobrevivió mucho tiempo y que era su agente, recopiló la gran mayoría de su obra, labor que continuaría su mujer, y fundó el Museo Van Gogh. Así que la visita obligada es, en realidad, a Ámsterdam donde prácticamente están todos esos cuadros en el citado museo, pero eso está un poquito más lejos que Arlés, y a mi eso de los aviones...
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Que una sorpresa sea pequeña o grande depende únicamente del peso que tiene en nuestra consciencia. Estaba en la oficina, ocupando el tiempo entre papeles, cuando de repente sonó aquella canción. Y yo, que me guío por los discos que escuchaba cuando quiero saber que año era cuando hacía tal o cual cosa, me quedé paralizado mientras me venían muchos recuerdos a la cabeza. Aquel concierto de hace muchos años, aquel viaje de hace unos meses, la comida de ayer o un viaje a Bilbao que alguien me debe todavía. Y fueron cosas que se quedaron ahí, como suspendidas en una línea del tiempo, que pasarán cualquier día o no pasarán nunca. Pero eso es lo que tienen las sorpresas, que nadie las espera. Para el locutor que ponía el disco era simplemente una canción más en la programación de ese día, para mí un vuelco al corazón, una arruguita más en el alma, una cana más para la colección de apuntes que pueblan la cabeza y los sentimientos.
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Salimos los tres al jardín y miramos la luna. En la televisión anunciaban el eclipse, una de esas cosas que pasan cada no sé cuantos miles de años y que, sin embargo, uno piensa que ha visto ya unas cuantas veces. La luna iba cambiando de color, era muy curioso. Por un momento oímos las patitas de L. que se acercaba a nosotros, pero no era cierto, porque L. se durmió entre mis brazos hace ya unos meses. A veces todavía oigo sus pisadas por la casa y me giro, por la costumbre, pensando que va a aparecer por la puerta en cualquier momento. Y de todo eso el cielo no se enteraba de nada más que del eclipse. Se veía perfectamente, porque no había ni una sola nube. El paisaje era como esos mapas que brillan por la noche repletos de estrellas sin dejar ni un solo hueco a la oscuridad. La luna se iba ocultando poco a poco y entrábamos y salíamos de casa en los intermedios de la película para verlo. El universo ha perdido el misterio para los que no somos aficionados a la astronomía. Todo el mundo sabe que el hombre jamás ha pisado la luna, ni flota por el espacio, ni nada de nada. Sino no se explica que se permitan tantos desastres sobre la tierra. Eso sí, es un buen lugar donde buscar otros mundos que, si bien no tendrían que ser mejor que el nuestro, si podrían tener un rostro, un cuerpo, una piel y unos besos infinitos. De madrugada me volví a asomar al espacio exterior y me quedé un ratito a solas con la luna de color rojo y la estrella fugaz de los deseos.

