Again
(9 de julio)
El Hospital Clínico sigue estando igual, con esos pasillos llenos de gente. Algunos saben a donde van porque llevan días y días seguidos de visita, otros andan perdidos buscando entre las rendijas de las puertas entreabiertas una cara familiar. Sigue el edificio en obras. Hay un olor extraño que se mezcla con el que ya de por sí tienen los hospitales. Un olor acre, una mezcla de medicinas, de sudor, de aires acondicionados que soplan en todas direcciones.
Muchos enfermos salen a pasear. Algunos van del brazo de sus familias, otros parece que saquen a tomar el aire a los goteros que llevan como anclas que les impiden cruzar el umbral de la salida. En el cuarto piso está la planta de neurología. Hoy es el segundo día y pienso en lo rápido que me he vuelto a acostumbrar a todo esto. Las enfermeras son las mismas que hace un año, las habitaciones tienen el mismo color y las ventanas dan a los mismos barracones provisionales, al mismo paisaje desolador de esas obras que nunca se terminan. El tiempo en un hospital se rige por el horario de las comidas y por las visitas de los médicos. Las enfermeras son como hormiguitas vestidas de blanco que nunca paran de moverse de un lado a otro, que susurran al oído cuando el enfermo lo requiere y a gritos cuando se trata de espabilar a otro. La televisión es de pago pero casi es preferible dedicarse a leer y a dejar que el tiempo pase como quiera sin hacer muchos esfuerzos. La novedad es que ahora, a las visitas, no se nos deja deambular por los pasillos, así las enfermeras pueden ir más deprisa con las camillas y los carros de medicamentos, sábanas y comidas sin tropezar con los ociosos familiares que ya no sabemos donde meternos.
Cuando uno sale del hospital y el calor de julio, los tubos de escape que se respiran en ese horrible tramo de la calle Villaroel y esa puesta de sol tan veraniega que reseca el asfalto te da en la cara, aparece una sensación de abandono, como si se dejara dentro una parte de uno mismo que queda huérfana de afectos. Alivia saber que uno dormirá en su cama a pesar de que sólo lo abrazará la almohada después de una cena fría y unos pensamientos que caminan por sí solos, como ese viento suave que se cuela por las rendijas de la persiana. Y amarga saber que allí, en el hospital, ella se siente sola aunque esté rodeada de gente que la cuida. Uno no puede evitar pensarlo y tampoco quiere hacerlo, como si sólo por acordarse esos lazos que nos unen le hicieran compañía.
Es curioso lo largas que se hacen las noches en las que uno no duerme y que, sin embargo, duran lo mismo en las que sí lo hace. ¿Y en qué se piensa entonces? Pues en todo y en nada. Como en fin de año, cuando se hacen magníficos planes para los siguientes 365 días, o como en vacaciones, cuando uno cree que a la vuelta todo será distinto. Pero luego no lo es y vienen las decepciones, los sueños que se rompen al brindar por los nuevos propósitos.
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Monólogo
(10 de julio. Sala de espera, planta 4)
“Pues usted dirá lo que quiera, ¿sabe? pero en este hospital no hay nadie bueno. Y no se crea, no me quejo de las enfermeras. Ésas, al fin y al cabo hacen lo que les mandan, pero los médicos, ni uno bueno, lo que yo le diga. Fíjese, yo vivo con un animal en mi casa y está el pobrecito sin comer desde hace ocho días. Y ayer, que pasó el médico, porque no se vaya usted a creer que pasan todos los días, que va, de eso ni hablar. Pues eso, que pasó el médico y yo le dije que me dejaran salir, que me acompañara alguien si hacía falta, que yo pagaba el taxi de subida y de bajada, que le daba de comer al bicho y ya está. Y nada, ni por esas, ni caso. Yo creo que me tienen aquí encerrada... y no sé por qué ¿sabe usted? Porque yo estoy perfectamente. ¿Me ve usted mal? ¿Verdad que no? Pues eso es lo que digo yo. ¡Ay, y el pobre animalito allí solo! Es una gallina ¿sabe usted? Pero no una gallina cualquiera. ¿Inteligente? Inteligente como ella sola. Se creerá usted que en cuanto no me ve por la casa ya se me planta en la cama porque sabe que es la hora de dormir y claro, eso no puede ser, porque se alivia allá donde quiere y lo pone todo perdido, suelta la gallinada y ale, tan contenta. Y lo que le gusta comer. Le encantan los fideos, los macarrones, la carne. Ahora, el pescado no, fíjese, que me quita la boca. Será lista. Cuando me ve que voy a regar las plantas viene corriendo porque he sembrado unos tréboles, y le encantan los tréboles, le vuelven loca. También he puesto maíz, pero prefiere mi comida, claro... Y yo le digo, Cuchi ven, y se me sienta entre las piernas cuando duermo la siesta. Y luego, Cuchi a la cocina, y se viene a cenar conmigo, ya le digo, listísima... Y ahí debe estar el animalito sin comer y estos que no me dejan salir. ¿Dejarle la llave a alguien? Ni hablar. Es que en mi edificio son todos emigrantes, ¿sabe? Y yo no tengo nada contra esa gente, que todos tenemos derecho a vivir, vaya que sí, pero a mí, qué quiere que le diga, como que no. Además, ahora seguro que ya es tarde, la de la tienda de abajo me dice que hace días que no oye ningún ruido. Hombre, ella no hace ruido, pero pobrecita... allí sola sin comida...Creo que mañana ya me dejan salir, a ver si hay suerte con lo de usted y a quien venga a ver también sale pronto. Si habla usted con las enfermeras no les diga que he salido de la habitación, hágame usted el favor. Y no lo digo por las enfermeras, pobres chicas, aunque alguna hay que es mala, que ya la tengo yo vigilada, pero esos médicos, ésos son los peores, lo que yo le digo, ni uno bueno... Pobre Cuchi, ahí solita, sin comida...”
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La muerte se pasea
(11 de julio. Sala de espera, planta 4)
Cuando la muerte salió de la UCI iba en una camilla completamente aséptica, cerrada herméticamente, sin rastro de que dentro hubiese alguien allí que era una persona viva tan solo unas horas antes. Pude preverlo, la tarde anterior, cuando un médico hablaba con gesto grave a dos mujeres. Una parecía su esposa y la otra su hija, pero no estoy seguro. Los médicos siempre tienen un gesto grave, eso sí que lo he aprendido, que sólo se les borra cuando pasan el umbral de la unidad de cuidados intensivos, recorren el pasillo y bajan en el ascensor. Sólo entonces se permiten sonreír, relajarse, lejos de la vista de los familiares y de los pacientes.
Cuando la muerte salió por el pasillo se hizo un silencio sepulcral entre toda la gente que estaba allí, subiendo el volumen de la voz cada vez más, como si no estuvieran donde estaban, como si el duelo de nuestras esperas no necesitara respeto. Hacía calor porque, según me comentó una enfermera, no había presupuesto para poner aire acondicionado. Además, la gente siempre abría las ventanas y el aire se esfumaba en un santiamén. Y es normal, cuando uno está muchas horas en un hospital lo que quiere es escapar aunque sea por la insignificante rendija de una ventana que sólo se puede abrir un milímetro. En el piso de arriba hay una terraza inmensa, sucia, llena de latas de refrescos vacías y botellas de agua aplastadas. Allí sube el personal del hospital a fumar y también algunos enfermos. Un tipo de aspecto demacrado, con el pijama azul y con un gotero en una percha con ruedas, se pasea de un lado a otro pidiendo cigarrillos a todo el mundo. Es otra cara de la muerte con su guadaña. Sabe que le queda poco y ya no le importa llenarse los pulmones con un poco más de humo. No será eso lo que pondrá punto y final a su vida porque ya tiene la fecha de caducidad impresa en las pupilas. Por eso la gente le sigue dando lumbre.
Ando arriba y abajo por los pasillos y oigo las respiraciones difíciles de algunos enfermos a través de las puertas abiertas. Hay una enfermera muy guapa, muy amable, a la que siempre saludo y siempre me saluda. Está cada día detrás de un carro lleno de bolsas de plástico y medicinas y apunta rigurosamente toda pastilla administrada en una libreta.
El hospital ya no me da tanto miedo como antes. Cuando te das cuenta de que formas parte de un engranaje, uno lo asume y se extraña de que un lugar así sea cotidiano y normal. Es el hechizo de la costumbre. De pequeño tenía la idea de que en los hospitales sólo había gente mayor, pero crecer implica ver como la muerte no hace distinciones de edad. En la UCI hay un niño quemado al que ni siquiera pueden rozarle las sábanas, cualquier parecido con una figura humana es pura coincidencia. Alrededor hay un silencio, una oscuridad tan desoladora que a uno se le rompe el corazón en tantos pedazos que son imposibles de recomponer. En los horarios de visita nadie viene a verlo. Y uno se acercaría, le hablaría, le contaría un cuento aunque no lo oyera, pero reconoce que le faltan arrestos para verlo más allá de la distancia prudente que da el miedo. Y se imagina uno que las enfermeras lo llamarán por su nombre cada día y, tal vez en algún momento, tendrán respuesta como la tuve yo. Y entonces será como si el cielo se abriera en medio del incendio de su cuerpo.
También hay dos niños en una sala de aislamiento. Los padres los visitan a través de un cristal y sólo pueden abrazarlos a través de guantes de plástico. Y eso es terrible, no poder tocarse, no poder sentir los labios de lo que más quieres.
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Conversación ociosa(12 de julio. Habitación 121)
-Ayer trajeron una coliflor con bechamel que estaba muy buena. De segundo una carne en salsa, pero esa ya no me la comí.
-Por lo menos la comida es buena.
-Sí, eso sí. Pero ya no sé las horas que llevo en esta postura...
-Ya, pero si te han dicho que no te muevas será por algo, así que paciencia.
-No, si paciencia ya tengo, qué remedio.
-¿Has leído los periódicos?
-He leído todo veinte veces y el libro que trajiste también.
-¿Te gustó?
-Sí, está muy bien, es muy buena idea lo de los testimonios de la gente que paso por el Café Gijón.
-Y además está muy bien escrito.
-Sí. ¿Qué hora es? por cierto.
-Deben ser las seis y media o así...
-¿Aún?
-Si, ¿te duele?
-No, es la postura, pero me han dicho que no me mueva en 24 horas, tengo que tener la pierna estirada. ¿Qué calor hace aquí, no?
-Es que no tienes puesto el aire acondicionado y como la ventana no se puede abrir... Espera que lo pongo. ¿No quieres ver la tele?
-No, no, seguro que no ponen nada. Después, cuando empiece el telediario, cuando traigan la cena.
-¿A qué hora la traen?
-Sobre las ocho y media.
-Por lo menos la comida es buena.
-Sí, ayer trajeron una coliflor con bechamel que estaba muy rica...
-...y una carne en salsa que no te comiste...
-Menos cachondeo ¿eh?
-Si es que no hablamos de otra cosa... ¿te duele?
-No... la postura...
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Por los pasillos(12 de julio. Terraza, planta 6)
Asomado a la terraza del hospital miro hacia abajo. Hay un patio que se han comido las obras casi en su totalidad. El año pasado había más espacio para que se escaparan los familiares y algunos enfermos en pijama a tomar este aire viciado del verano. En uno de esos bancos estuve hace 365 días tirado, exhausto, después de una noche en vela esperando noticias. Ahora han quitado casi todos los bancos y un muro de chapa esconde una hormigonera y una caseta donde se cambian los obreros. Y es curioso porque desde que hemos llegado intento oír el ruido de una ambulancia y nunca lo oigo. Las veo aparcadas en un lateral de la calle Córcega, pero incluso cuando salen disparadas y con las luces centelleantes no parecen emitir ningún sonido. A lo mejor soy yo, que lo he borrado de mi cabeza.
Han cambiado el sistema de ver la televisión, ahora te permiten meter monedas directamente y no tienes que ir a buscar fichas al piso de abajo. En la entrada, donde está urgencias, es donde hay más gente. Observo las caras. Algunos sólo aguardan a un familiar, otros hacen gestos de dolor y muecas de incomodidad por las sillas. El malestar no conoce horarios y no da tregua en las esperas. En los lavabos hay colas, como en todas partes. En los pasillos han puesto carteles que incitan a los más jóvenes a orientar su futuro laboral hacia el hospital. ¿Quieres ser enfermera? ¿Quieres ayudar a los demás? Parecen esas campañas del ejército para que te alistes. A la derecha de la entrada, al final del pasillo está la capilla. Sin duda es un sitio indispensable para según que ocasiones. Cuando ya no sabes que hacer, cuando la esperanza es lo único que queda, hay algo que casi te obliga a entrar. De madrugada, cuando no hay nadie, es un recurso más para encontrar una salida, un lugar que te reconforta y no sabes por qué. Tal vez porque ya no queda nadie más en la tierra a quien pedirle ayuda. La gente se mueve, algunos lentamente, otros rápidos como si llegaran tarde a algo y uno no puede evitar ponerse en lo peor. Entre los familiares de los enfermos se crea una solidaridad extraña y silenciosa, como si no diciendo nada ya se dijera todo y basta una mirada. Las historias van de un lado a otro, pequeños dramas cotidianos, pequeñas tragedias, pequeños desastres enormes para quien los sufre.

