martes 20 de febrero de 2007

Al norte de mi corazón (y 2)

Estaba demasiado enferma para regresar a su antiguo barrio, pero en realidad tampoco tenía muchas ganas de hacerlo. Había oído que después de deportarlos, los nazis habían reunido todas sus pertenencias y las habían enviado a Alemania, y que otras personas se habían mudado a su casa. Aunque la guerra había terminado, esa gente aún vivía allí.
“Mi amiga Ana Frank” Alison Leslie Gold

Ni siquiera me he traído discos esta vez. Tengo el lector de MP3 cargado hasta el último resquicio de memoria y con eso me voy apañando. El problema va a ser que si la estancia aquí se alarga, me empezaré a cansar de darle vueltas a todas esas canciones una y otra vez. Mañana tengo que ir a “Paradiso”, la única tienda de discos y libros en la que se venden mis “5 minutos para el fin del mundo”. “Discoteca” y “Memphis” eran las otras dos tiendas de Gijón donde compré prácticamente toda mi colección de vinilos y forman parte de mi historia. La primera está cerrada a cal y canto, empapelados sus escaparates con un papel que es un interrogante. ¿Qué venderán ahora que los discos ya no son un negocio? La segunda es hoy una tienda de ropa. Otra paradoja del pasado y el presente.
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Visitamos El Acuario de Gijón y nos pareció diminuto en comparación con el de Barcelona. Recuerdo haber puesto un post en el que hablaba de aquella visita pero forma parte de todos esos archivos que han desaparecido en los confines Matrix de la red. Menos mal que, finalmente, y gracias a que guardo celosamente todo lo que escribo, he logrado recuperar algunos textos que creo que aún pueden leerse. Me han llegado algunos comentarios sobre los poemas, todos ellos buenos, menos mal. Supongo que el hecho de haber quitado los comentarios evita que cualquier imbécil, escudándose en el anonimato, pueda poner alguna barbaridad, cosa que ya ha ocurrido. De esta manera, quien tenga que decirme algo, tiene ahí mi dirección que no permite anónimos.
Sigue la procesión de recuerdos, eso sí. Cuando me fui a vivir a Barcelona todos me preguntaban cuándo iba a volver. Mucha gente del barrio emigraba por un tiempo, pero siempre volvían. Las mujeres y los niños se quedaban en la casa y los hombres llamaban a cobro revertido desde cualquier sitio lejano donde hubiera un sueldo errante, una posibilidad. Pero yo no volví. La verdad es que no me parece haber vuelto de verdad hasta ahora. Si ya he hablado del mar, también debo hablar de la gente, del acento cantarín de los asturianos, de ese carácter con algo (o mucho) de melancolía, que nos envuelve. Debe ser por eso que tengo un sentimiento de tristeza con Gijón. Me parece un lugar del que siempre me voy nunca al que llego.
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Los enfermos es otra de las cosas que siempre me vienen a la cabeza cuando hablo de Gijón. Ese recuerdo está íntimamente ligado a mi infancia, la cantidad de gente que, aún encontrándose mal, pasaban el día en los chigres (los bares de toda la vida, vamos) con un vaso de vino, una botella de sidra y una novela de Marcial Lafuente Estefanía, aquellas de relatos del oeste. Años después, cuando estaba de gira con Hotel Cochambre, encontré en una gasolinera este tipo de novelas y me las compré para comprender el hechizo de los duelos, las peleas en el Saloon y las persecuciones a caballo en las que encontraban la distracción de la mala salud los ancianos de los bares. No he descuidado la búsqueda de conciertos y, con K., estamos haciendo algunos planes descabellados para el futuro. Desde mil kilómetros de distancia todo parece tener otro color y las ganas de hacer algo grande dentro de unos meses pudiera tener su gracia. Pero eso será en el futuro, de momento necesito un poco de salitre y playa, y lluvia, y olor de mar.
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Hoy amanece lloviendo, y eso parece que va a ser finalmente la tónica general de estos días. Es normal, estamos en un invierno que dará paso a la primavera antes de que nos demos cuenta. No suelo levantarme tan temprano como en Barcelona, aunque aún quedan muchas cosas por empaquetar y traer de la casa nueva y hay que aprovechar las horas. Es curioso el afecto por los objetos inanimados, viejos y hasta abandonados en el fondo de armarios y cajones. V. dice que ya no quiere la gran mayoría de las cosas aunque, por otro lado, debe darle mucha pena deshacerse de tantísimos libros y enciclopedias coleccionadas con pasión de orfebre durante meses y meses. Ya he metido en cajas todos esos volúmenes que se evaporan en mis manos en un descuido si intento quitarles el polvo.
Es verdad, nos gusta sentir aunque esos sentimientos no sean positivos. Tristeza, melancolía, dar carpetazo a 60 años entre cuatro paredes...
Después de haber estado machacándome en el piso viejo, saqué seis sacos de basura, de retales, de porquerías que me dejaron baldado hasta la hora de comer, pude recuperar fuerzas con unos calamares en su tinta que hizo A. y que estaban de cine.
Por la tarde, a primero hora, compré la cámara nueva. Es impresionante. Un objetivo Leika, dicen que el mejor del mercado que, sumado a los 6 megapixels, consiguen unas fotos panorámicas que cortan la respiración. Me fui con P. a estrenarla a la playa y, a esa hora en la que las luces de la calle comienzan a encenderse, conseguimos unos planos realmente sugerentes.
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Para amar mucho, para saber por qué se quiere, es preciso retroceder. De ahí que el parisién no ame nunca tanto París como cuando está en el exilio.
“Paris” Luciano Francois

-¿Adonde vas Rosie?
-¡A ninguna parte!
-Pues vas demasiado deprisa.
“La hija de Ryan” David Lean

Se acerca el momento de irme. Es peor cuando se toma la decisión y le quedan a uno sólo un par o tres de días. Parece mucho tiempo cuando llegas y muy poco cuando las páginas se van cayendo del calendario. Entonces haces planes inmediatos para volver corriendo, para organizar otro viaje aunque sepas que probablemente eso tardará en llevarse a cabo. No sé si la próxima vez vendremos a tocar, no lo creo, el fantasma de las dificultades para hacer conciertos se está extendiendo por todo el país como una plaga. Las salas tienen problemas con los ruidos, con los vecinos, con la policía y los empresarios se echan para atrás. Nadie quiere líos, ni nosotros tener que parar un concierto a la mitad porque no se puede tocar más. Escribo mucho estos días, me encuentro gente por la calle, retrocedo años entre recuerdos y vuelvo al presente con sentimientos encontrados que van desde la tristeza y la nostalgia a la felicidad repentina y a la euforia. La casa antigua ya está vacía y la nueva un poco más llena de cajas, creándose así una extraña sensación de desarraigo con todo lo anterior, incluso con mi infancia. A veces me pasa por la cabeza la idea de volver a esta ciudad. Es confuso, por que sé que en Barcelona, aparte de gente a la que quiero, tengo un montón de cosas a las que me he hecho adicto: tiendas de discos, de guitarras, de libros... y luego me doy cuenta de que son sólo cosas materiales. No tengo un piso propio, no tengo posesiones más allá de las guitarras, la moto y ahora el coche. No tengo más ataduras que las del sentimiento y, aunque ése es muy fuerte, uno siempre piensa que podría rehacerse de afectos en cualquier lugar. Aunque eso, sabemos, es muy difícil.
El no tener noticias ha provocado que LCM. me haya escrito varias veces y, como no sabía lo que me quería decir, no contesté. Creo que se ha enfadado un poquito. No sé si me echa de menos, bueno, no sé nada en realidad, pero aún se acuerda de mí de vez en cuando... Vuelve a ser más LCM. que nunca. No sé por qué siempre he arrastrado la sensación de que, cuando algo se acaba, el olvido llega siempre antes a los demás que a uno mismo. El olvido: una de las cosas más difíciles de asumir. Es lo mismo que con el traslado de la casa de mis abuelos, nos llenamos de recuerdos que nos traen vívidas imágenes que vuelven una y otra vez. Ya pueden estar las fotos en el pozo de cualquier armario cerrado con llave, siempre acaban apareciendo. A veces, tal vez sería mejor quemarlo todo, pero quién es el valiente que se atreve a hacer una cosa así con su propia vida.
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La vía del tren atraviesa la ciudad y es casi imposible, en mi trayecto diario, no encontrarme con la estación. La sensación que me causa es la misma que los aeropuertos, me gustan más cuando voy a recibir a alguien, menos cuando se trata de una despedida y nada de nada cuando tengo que viajar yo.
Cuando vuelves a casa después de una despedida es como si el tiempo se hubiera detenido. La persona que viaja sigue en movimiento, viviendo una vida que atraviesa el mundo. Tú, en cambio, vuelves a una casa estática que parece desierta de muebles y sólo habitada por fantasmas. Y hay muchos viajes, muchas casas, muchas soledades. Volviendo de un regalo de Reyes estuve una hora y media en un atasco y era como viajar al último confín del mundo, al centro de la tierra de los corazones rotos, a un destino que no parecía materializarse nunca entre la niebla de la tristeza. Otros viajes pueden ser imaginarios y no moverse uno del sofá. A través de los fotogramas de una película, de la letra de una canción, de las páginas de un libro puedes visitar el universo.
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Uno nunca sabe por donde pululan los mecanismos de la memoria. ¿Qué hacen los lugares que has visitado cuando tú no estás? Alguna vez, cuando salgo de casa, pienso qué hacen todas esas cosas cuando están solas. Tal vez cobran vida, como los muñecos de “Toy Story”. Ahora, paseando por calles una y mil veces vistas, parece extraño que hayan seguido en el mismo sitio tras tantos años de ausencia. Es lo mismo que cuando recuerdas una historia de amor que no ha llegado a consumarse. Todo es bueno aunque hayas sufrido. En cambio, si ha habido besos, abrazos y caricias es peor, porque siempre pensarás que ese cuerpo que un día tocaste, esos labios que se juntaron con los tuyos ahora pueden tener otro dueño. Y eso sí que es doloroso. Los cambios urbanísticos se han ido sucediendo y he llegado a perderme por Gijón buscando una calle estrecha que ahora es una larga avenida que, a su vez, acaba en una rotonda inexplicable. ¿Dónde estaba yo cuando la ciudad estaba en plena metamorfosis? Es, efectivamente, molesto.
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Ha seguido lloviendo y el abrigo y la gorra me han venido de perlas. Todo ese temporal que anunciaban los primeros días no ha llegado, pero sí esa llovizna fina y persistente que te acaba calando hasta los huesos. Y me viene a la cabeza Rimbaud otra vez, serán los días grises o el cielo encapotado. Cómo le hizo la vida imposible a Verlaine, o viceversa, porque menudo par de tipos, cómo acabó sus días descubriendo tierras imposibles en África y cómo arrastró una vida llena de enfermedades y contrariedades. Está muy bien descubrir que siempre hay alguien que lleva una vida peor que la de tuya. A veces, la existencia de un artista supera con creces a su obra y es más interesante.
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Quien se pierde en su pasión ha perdido menos que quien se pierde su pasión.
Kiekgaard

¿No es la novela un poema degenerado?
A. Machado

Para escribir hay que fijarse en los detalles, porque estamos hechos de ellos. Cada cosa que nos pasa se llena de matices a los que hay que estar atentos aunque luego, sobre el papel, muchos se vuelven tonterías que no merecen ni una línea. A. me viene a la cabeza cuando paso por la calle donde estaba el andamio del que se cayó. Yo no estaba, ni siquiera había hablado con él desde hacía tiempo, pero era uno de mis mejores amigos porque compartimos la infancia que, como dice la cita inevitable, es esa patria que te marca para siempre. Y me gustaría centrarme en los detalles, pero los desconozco y a veces es mejor así. Años después de lo de A. me llamaron por teléfono y me contaron lo de X. Había aparecido muerto en el País Vasco. Fuimos al funeral y todo pasaba como si nada, como si de pronto, todo se hubiera acabado entre nosotros y punto. Nadie me contó lo sucedido, si lo habían matado o si fue un accidente. Nada. El caso es que tuve una estrecha relación con él y eso significaba que me dejaba huérfano de su compañía sin ningún motivo, sin ningún detalle. Me enfadé con X. durante mucho tiempo. Quise contactar con su hermana pero nunca pude localizarla. Le dediqué mi primer disco, pero eso no hizo más que ratificar su ausencia. Teníamos una relación peculiar, era el único que picaba al timbre de casa sin avisar y era capaz de levantarme el ánimo por muy oscuro que fuera en ese momento. La amistad no puede definirse si no le puedes poner nombre propio. Y X. lo tenía. Los detalles, esos pequeños rincones de la memoria, esa lista de la compra de los sentimientos, ese papel de empapelar las paredes del alma que tantas veces nos deja desconchones.
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Después de cruzar el puente de tablas que salvaba el lóbrego estuario por Waterside, debía apearse y coger otro autobús hacia Apapa. Iniciaba la parte del trayecto hacia su trabajo que uno de sus amigos había bautizado como “la gran expedición”.
“Amor peligroso” Ben Okri

¿No deberían empezar a dar fruto ya nuestros viejos sufrimientos?
Rilke

Ayer supe que iba a ser una mala noche. No sé por qué, no sabría explicarlo, pero lo sabía antes de acostarme. La cama tan grande, el vacío tan nublado... Escuché un programa de radio que me hizo compañía. Supongo que si hubiera tenido televisión me hubiera enganchado a cualquier película de madrugada, una de esas en blanco y negro que suelen ser las únicas que merecen la pena. Por el patio interior oí como alguien llegaba de madrugada y cerraba la persiana. Tal vez alguien sin más compañía que otra emisora de radio, un trabajador que volvía del turno de noche, una puta que se encontraba mal y dejó un servicio a medio hacer, una chica sola, cansada de un tipo que no la quiere y que le ha montado un cirio en un bar, un adolescente cargado de sustancias tóxicas escondiéndose de sus padres...
La noche es un buen lugar para pensar y la cama un mal lugar para hacerlo. Las camas deberían llenarse siempre de abrazos y cuerpos que se entremezclan, resbaladizos y calientes, hasta el infinito. Sí facilitan, en cambio, las confesiones anónimas y, esta noche, la radio se llena de ellas.
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Cuando todo sucede naturalmente las cosas son todavía más extrañas.
Malte Laurdis Brigge

Quieres ver la vida. Descubrirás que las cosas bonitas también hacen cosas feas.
“Doctor Zhivago” David Lean

Sucede que a veces tras una mala noche no tiene por qué venir un mal día. Y este no lo es. Para que eso sea así no hay que darle opciones al tedio de las nubes grises. Por que, eso sí, continúa lloviendo. Me hago con "El Comercio", el periódico de Gijón de toda la vida, y me siento a desayunar cerca del muelle. O. Siempre leía el diario empezando por las esquelas. Pero no lo hacía con tristeza, sino para no reconocerse a ella misma en el papel y alegrarse de estar viva. Supongo que era muy normal antiguamente asumir la muerte como parte de la vida. Hoy en día es más difícil y me sorprendo a mí mismo huyendo de las calles con hospitales y tapándome los oídos cuando oigo el zumbido de una ambulancia. En la época en que Gijón era más pequeño, O. se fijaba en los familiares que, en las esquelas, rogaban una oración por el alma del difunto. Y entonces decía, “ah sí, fulanito y menganito, claro, entonces este deber ser el primo de tal o cual.” Iba atando cabos hasta llegar a completar un árbol genealógico un tanto sui generis pero con el que solía acertar la mayoría de las veces en la identificación del finado. Entonces se vestía de riguroso luto y acudía al entierro orgullosa de saber exactamente quién era quién. Yo, que vivo en una ciudad tan grande que a los muertos se les cae el nombre, veo en la prensa esquelas diminutas. A O. le sería imposible descubrir las identidades de las almas en tránsito y, estoy seguro, el periódico dejaría de interesarle.
***
El regreso

En algún lugar de La Rioja,
en una estación de servicio sin nombre
el tipo de la gasolinera
me pregunta si quiero algo más
que el combustible.
Tiene bocadillos, latas de Coca-cola
y preservativos junto a las películas porno.
Sigo ruta sin prisa, sin pausa
desde las seis de la mañana
escuchando en la radio
a locutores dando siempre malas noticias.
He dejado atrás la circunvalación de Bilbao,
la nieve de Vizcaya
y, me anuncia un cartel,
que aún quedan 250 kilómetros
para llegar a Zaragoza.
Las horas sin sueño llenan las pupilas
con las rayas de la autopista
y los pensamientos se tornan borrosos
como las aspas de los molinos de viento
de los Monegros.
Los regresos siempre son tristes
y las carreteras de vuelta
más largas que las de ida
y, cuando por fin te detienes,
parece que, aún bajo tus pies,
sigue traqueteando nervioso
el eje de los neumáticos.

***