Lo primero es lo primero y, aunque la llegada no fue fácil, porque la casa estaba vacía y el trayecto desembocó en una carretera de recuerdos con los que no deseaba encontrarme para nada, llega el lunes y hay que ponerse en marcha. Lo primero era llamar al seguro a ver si me arreglaban el disgusto del coche. Predecía yo una sesión infinita de llamadas, de gestiones, de olvidarme de conducir hasta vaya usted a saber cuándo, etcétera, etcétera... y nada. Una llamada, dejar el coche el lunes por la tarde, la visita del perito y el viernes ya estaba listo y como si nunca hubiera tenido un golpe. Ni un rasguño. Ahora ya sé que si hay un anuncio que dice “hola soy esa columna de tu parking” es por algo y voy con mil ojos a la hora de aparcar. La prisa no es buena consejera para maniobrar.
Uno se va un tiempo y espera que, a su vuelta, todo haya cambiado. Pero las cosas siguen donde estaban, la ciudad sigue siendo la misma, la gente con la que me encuentro cuando voy a por los periódicos o a comprar el bocata de por la mañana, siguen con su cara de que la vida es un puto aburrimiento, por lo menos a esa hora en la que el día comienza y hay que despegar hacía la jornada completa. El que ha cambiado, si realmente lo ha hecho, es uno mismo. El oxigeno de haber estado a mil kilómetros te dura unos días pero, poco a poco, se irá contaminando con los tubos de escape, con los insultos de los conductores a los taxistas, de los peatones a los moteros que se saltan los pasos de cebra y de las dependientas antipáticas del súper que no te contestan después de el tercer “gracias, buenas tardes”.
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El silencio es un espacio, una oquedad donde nos refugiamos pero en el que no estamos nunca a salvo. El silencio no se termina, se rompe; su cualidad fundamental es la fragilidad y el epitelio sutil que lo circunda es transparente: deja pasar todas las miradas.
“Los girasoles ciegos” Alberto Méndez
Seré uno más del rebaño, porque en el futuro viviré como uno más entre los girasoles ciegos.
“Los girasoles ciegos” Alberto Méndez
“Los girasoles ciegos”, que triste metáfora de una realidad que puede ser la tuya o la mía pero que, en este caso, es un libro del ya desaparecido Alberto Méndez que asusta por la tristeza de sus cuatro relatos y por el impresionante dominio del lenguaje del autor. Un libro imprescindible, de lectura rápida y pensamiento lento. Cuando la gente dice que la Guerra Civil Española es un tema del que se ha contado todo lo que se podía contar, no demuestran más que una ignorancia terrible. Incluso parece que esa guerra, tan nuestra, tan española, podría convertirse en un recuerdo entrañable. Y eso no fue así. Menos mal que libros como este muestran la terrible crudeza de cualquier guerra. Y la nuestra no fue distinta a tantas otras que hoy nos parecen tan lejanas.
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Para olvidar un amor desgraciado
la muchacha se dio a otros hombres
y ahora ya no recuerda aquel amor
porque confunde todas sus desgracias.
“Solución de un problema” J. A. Goytisolo
Aprovecho los paseos para dejarme caer muchas tardes por Taifa, la librería de la calle Verdi. Muchos días no compro nada, simplemente observo el orden perfecto de los libros que me permite encontrar los títulos buscados aunque después no me los lleve a casa. Otros días, en cambio, acabo con tres o cuatro ejemplares en la mano y la tarjeta de crédito en la otra. Esta vez han sido los “Diarios” de Kafka, una antología de poemas de José Agustín Goytisolo, que andaba buscando desde hace tiempo, y la adaptación en cómic de “Ciudad de Cristal” de Paul Auster. Después, en casa, salto de uno a otro buscando que me atrapen. Obviamente la poesía facilita que eso pueda ser así y también pasa con los diarios aunque no sea Kafka, efectivemente, una lectura precisamente ligera.
Goytisolo sigue impresionándome aunque muchos de los poemas de la antología ya eran viejos compañeros de mis viajes. La oficina antigua estaba al lado de su casa. Una tarde, a las tres y cuarto, cuando iba yo en la moto vi un bulto en el suelo. La gente corría y se apelotonaba junto a él. Un portero de bata azul decía “¡es el poeta, es el poeta!” y allí estaba el pobre José Agustín recién llegado del cielo, diciéndole al mundo que ya no podía volver atrás porque la vida le había empujado justo cuando pasaba un repartidor de pizzas y un servidor. Llegó la policía y, más tarde su mujer, que preguntaba qué había pasado, que qué era todo aquel jaleo. Se oyeron sirenas, vinieron ambulancias que no hicieron más que tapar su cadáver y empezaron a acercarse periodistas para relatar la tragedia. Unos niños, que fueron a reírse del tumulto, volvieron llorando aterrorizados al ver tantas palabras esparcidas por el suelo. Cuántas veces me lo crucé mientras salía a hacer recados por el barrio, siempre con un periódico bajo el brazo, con ese rostro de tristeza que sólo puede tener alguien con tantos versos dentro. Y yo, para mí, decía: “¡es el poeta, es el poeta!”.
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No soportaba estar solo con sus pensamientos.
“Truman” Bennet Miller
Y uno se pregunta qué es la soledad, cómo también qué es el amor. Y no encuentra definiciones válidas. La comparación con lo que creemos que no lo es, es la única respuesta. La soledad es algo parecido a llegar a tu casa rodeada de niños, de tu marido y sentir ganas de llorar; es el insomnio de cada noche mirando las sombras chinas que hacen, a través de las persianas, los coches cuando pasan; es encontrar un poema que te escribieron, o una foto de alguien a quien no recordabas, que te provoca una enorme nostalgia y que sigas pensando en él, o en ella, varios días y si aún conservarás su teléfono en la agenda; es el semáforo en rojo que dura eternamente y tú necesitas como nunca esa luz verde que no llega; es el calendario al que le vas tachando los días, como si por eliminarlos más deprisa fueses a llegar antes a alguna parte; es un mensaje de móvil que creías de alguien y es una publicidad de llamadas gratuitas, y tirarías el teléfono en la primera papelera; es ese paseo a buen ritmo que se va apagando porque has empezado el camino de vuelta sin que haya pasado vete tú a saber qué; es ese encuentro fortuito que se acaba antes de que te de tiempo a reaccionar con un beso que, quisieras, tuviera toda la intensidad de tus sentimientos; es esa cita que no sale bien y vuelves a una cama vacía; es una reunión en los juzgados cuando los abogados se dan la mano y te das cuenta de que todo ha terminado; es la hora del desayuno, porque parece que el día pasará sin más novedades que un bocadillo de queso; es una casa enorme cuando los niños se han dormido por fin; es ese anillo de compromiso que te quitas y, cuando lo dejas en el cajón, te das cuenta de que no es la primera vez que lo haces; es una nevera vacía, un no tener azúcar en la despensa; es ir a comprar al súper y, cuando colocas las bolsas en casa, pensar en cómo vas a comerte todo eso; es ver la previsión del tiempo para el sábado y pensar que, joder, aún estamos a martes. La soledad es esa decisión que toman por ti; es un buzón vacío, un Outlook Express que repite, el muy imbécil, que no tienes mensajes; es llorar con esa película que te recomendaron porque hablaba de la vida como la vida misma. La soledad es más soledad cuando tiene nombre y apellidos; es dejar una puerta abierta y que solo pase el aire; la soledad es eso que desaparece cuando un día oyes un silbido y sabes que es por ti.
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El tipo estaba tumbado sobre el asfalto. A su lado, arrodillada, había una mujer llorando con un casco en la mano. Podía ser su mujer o su novia. Habían parado varios coches y todos auxiliaban al accidentado con los pulcros chalecos fosforescentes. La moto ya estaba en pie, descansando sobre el caballete. Aún no había llegado la ambulancia y un coche de policía se intuía por el espejo retrovisor de los que pasábamos en ese momento. Pensé que, si ya era complicado llevar el coche con ese viento, aguantar una moto a 120 kilómetros por hora, debía ser como intentar controlar a un caballo desbocado. Por eso decidí hace tiempo no coger la moto salvo para ir y volver de la oficina y hacer recados. Aún así el peligro siempre está. Llegué sobre las dos y fuimos a comer. A C. Le gustó mi cámara nueva y le dio el visto bueno como experta que es. Comimos donde siempre y, después de una larga sobremesa, en la que tuvimos que cambiar de sitio porque no nos oíamos debido al jaleo de otras tantas digestiones, emprendí el camino de regreso. Algo de niebla, más tráfico que a la ida y otro accidente pasadas las rondas que me retuvo en el coche una hora de más. Mal día para las carreteras.
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Aunque sea domingo tengo que ir a la oficina. Resolver un entuerto implica cierto sacrificio, aunque nunca me ha importado trabajar en un día de fiesta. Todo el mundo habla del tedio de los días sin ocupaciones, de esas tardes de domingo en los que el eje del mundo parece ir un poco más lento, el sonido es el de un transistor defectuoso con charlatanes futboleros y el sabor unas palomitas en un cine en sesión de tarde-noche. Pero el caso es que seguimos manteniendo esos días, creo que por no madrugar, por dar un descanso al despertador. Voy al kiosco, que es lo único bueno que tienen los domingos por la mañana. Sigo comprándome todas las revistas musicales que se publican y, la verdad, cada vez me interesan menos. No sé, tengo la sensación de que cada vez se escribe peor, que los articulistas más jóvenes han aprendido de los defectos de sus publicaciones en lugar de la calidad de otros escritores que, pese a no tener que ver con el género musical, son la guía donde mirar. Pero me da pena, después de tantos años, interrumpir la colección desde el número uno. La historia del pop y el rock está ahí.
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Cuando llegué a casa tenía un mensaje en el contestador. Era una chica que llamaba de una tienda y me decía que ya había recibido los taburetes. Era una equivocación, claro. Si mi vida fuera una novela de Paul Auster, con el azar de por medio, hubiera contestado a la llamada. Tal vez hubiera fingido saber de que hablaba aquella voz. Y ese azar, principio de muchas de sus historias, podía haberme llevado a una compleja trama policíaca en la que, como en “La ciudad de cristal”, alguien me confunde con un detective privado y la investigación me arrastraría por caminos insospechados o, mejor, a una preciosa historia de amor entre taburetes o sillones de mimbre como aquel de “Emmanuelle”. Ah, “Emmanuelle”, aquellas películas soft que alimentaban el ritmo de nuestras manos antes de que el porno irrumpiera en nuestras braguetas como un elefante en una cacharrería. Emitieron en La2 un documental sobre Sylvia Kristel, que interpretaba al personaje, y era muy triste ver a un icono del despertar sexual de millones de espectadores convertida en una señora muy mayor y muy enferma, con ningunas ganas de recordar sus desnudos y los silencios excitados que se producían en el cine cuando las escenas subían de tono para convertirse, después, en una algarabía de comentarios cuando llegaban las secuencias de diálogos. Repaso “El imperio de los sentidos” por aquello de redondear la noche y me deprimo mucho con la historia. El film es excelente. Dejando aparte las escenas de sexo real, nunca sentí tanta soledad como cuando la vi por primera vez y un visionado ahora tampoco me hacía falta, la verdad. Después se han intentado hacer varias películas en el que el sexo explícito se conjuga con un argumento más o menos aprovechable. Es el caso de “Fóllame” de una violencia aterradora pero interesante o “Romance X”, oportunidad desaprovechada de hacer una reflexión sobre las relaciones pasionales que se resume, después de su visionado, en unos cinco minutos en la que el enorme, en todos lo sentidos, Rocco Siffredi efectúa una cópula verité con la actriz Caroline Ducey que lo pasó realmente mal durante esa escena. Hay más películas que se apuntan al carro pero, aparte de tener siempre una puesta en escena realmente desagradable, siempre asocian sexo, violencia y un feísmo muy desalentador. A ver quién se atreve a hacer “Love Story” con unas escenas eróticas bien resueltas y que realmente salgas del cine con ganas de ir a casa de la mano de tu novia y jugar a hacer todas esas maravillas que inspira el séptimo arte.
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El “Friday night in San Fracisco” de Paco de Lucía, John McLaughlin y Al Dimeola o el “Spain” de Michel Camilo y Tomatito suenan estos días en casa con más insistencia que otros discos más pop. Será que me facilitan las obras instrumentales la concentración para escribir. Para leer, en cambio, necesito el silencio total. Pese a mi vecina y sus niñas, que parecen no tener sueño nunca, los ruidos del ascensor y que se acaba el Carnaval a ritmo de petardos que me hacen saltar del sofá de vez en cuando, reconozco que en un octavo se siente uno más lejos de la tierra y un poquito más cerca del cielo.
Pero, ah, de pronto vuelven The Police y es obligado desempolvar los viejos vinilos y ese indispensable directo de la gira de despedida “Synchronicity tour” que es “Live”. Mi grupo favorito –tengo unos cuantos ya lo sé- pero incluso con P. y S. llegamos a hacer un grupo en el que los imitábamos sin ningún escrúpulo y en el que yo tocaba el bajo y cantaba, claro. Además, desde que hace años descubrí que “Every breath you take” es una canción de amor, sí, pero ciertamente inquietante escrita por Sting a su primera mujer, aún me gusta más. La canción que yo podría cantar estos días sino fuera uno el caballero que es.
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Nació tan pequeñito como el bolígrafo con el que escribo estas líneas. Incluso los médicos lo fotografiaron al lado de una pluma estilográfica para poder comparar en las imágenes. Y sí, le han salvado la vida aunque sólo tiene seis meses, pero temen que su cerebro, más pequeñito aún que su cuerpo, no se haya desarrollado lo suficiente. Puede que tenga vida, pero no calidad de vida. Todos tenemos una vida pequeñita, un círculo de amigos en miniatura y lloramos lágrimas de Lilliput cuando nos abandonan en la inmensidad de un amor diminuto. Hoy el niño bolígrafo es una enorme primera página del periódico donde se ven sus pies de Playmobil. Mañana nadie se acordará. Y yo me preguntaba qué se le puede regalar a un niño tan pequeñito en su cumpleaños para que no le parezca todo un mundo de gigantes. Cuando pasen unos años veremos su rostro en alguna revista y nos acordaremos de haber leído la noticia de su nacimiento hace mucho tiempo. Eso suponiendo, claro está, que al niño bolígrafo no se le acabe la tinta.
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Y también pequeñito era Torrebruno al que llamaban Rocco sus amigos y familiares. Rocco tenía una novia, amiga de una amiga mía, que veía como aquel galán en miniatura con corazón de juguete la pretendía con el permiso de su mamá. Les traía regalos, las sacaba de paseo a las dos y entonces no sé sabía muy bien si aquellas dos mujeres habían sacado a pasear al niño o aquel escaso caballero tenía realmente la altura de latin lover italiano de la que presumía. Cuando Rocco volvía de sus giras con el circo traía hermosos souvenirs tan pequeñitos como él. Después, cuando se hizo famoso en la televisión haciendo del detective Rocky Carambola o cantando aquello de los tigres y los leones, el romance se hizo tan pequeño que desapareció en la memoria. A mí, que ni en aquella época me hacía mucha gracia aquel contrahecho personaje que hablaba con un extraño acento, me dio mucha pena verlo, años después, como supuesto amante fogoso de una espectacular y asiliconada señora en Crónicas Marcianas. Me inspiró cierta ternura, pequeña también. Una de las primeras veces que viajé a Barcelona, cuando aún no me decidía a instalarme definitivamente en la ciudad, fui al Corte Inglés y ahí estaba Rocco, sentado en una silla balanceando los pies, delante de una mesa con todo dispuesto para firmar autógrafos a cuantos niños quisieran llevarse un recuerdo imborrable de aquella tarde de invierno. Y ahora me parece que Torrebruno era también un hombre bolígrafo como aquel que sostenía entre los dedos y que no utilizaba porque no se le acercaba nadie para pedirle nada. El tarareaba aquel “Volare” tan latino con un aire distraído que precedía su declive, pequeñito, claro.
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En Gijón había también, hace muchos años, un hombre pequeñito con cara de niño que siempre pedía a las señoras mayores que lo pusieran a hacer pis. Cuando las damas extraían el miembro enhiesto de aquel ser diminuto empezaban a gritar y aquel hombre bolígrafo –que luego supe que no sabía ni escribir su nombre- no cabía en sí de gozo tocándose sin asomo de pudor. La broma duró hasta que la guardia civil se lo llevo al cuartelillo porque no tenía tamaño suficiente para acceder a la comisaría central, que era un edificio enorme.
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Holly Boy era un hombre bolígrafo que se dedicaba al porno. Sus proporciones eran desproporcionadas. Su cuerpo había dejado de crecer pero no su miembro. Trabajó en muchas películas e hizo de su rostro una cara para la comedia, si es que eso puede darse en un film de esas características sin que parezca tremendamente cruel. Tenía un tono de voz muy agudo y me lo encontré muchas veces por el barrio de Gracia, siempre con su gorra y una maleta que parecía enorme en sus manos. Trabajó muchos años en el Bagdag de Barcelona hasta que murió el año pasado.
Y uno, después de escribir todo esto, piensa realmente que el mundo es muy pequeño.
domingo 25 de febrero de 2007
Qué pequeño es el mundo...
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