domingo 8 de julio de 2007

La soledad de los besos

Start me up!... y empieza a explotar todo el escenario. Parece una nave espacial gigantesca de la que, en cualquier momento, puede salir una lengua descomunal, una llamarada de fuego que te quema las cejas o una rampa móvil que lleva a los músicos hasta el centro del estadio. Son los Rolling Stones, claro, el mayor espectáculo del mundo. Y pese a que los periódicos decían que se habían reconciliado con su público, después del chasco de la suspensión de los conciertos del primer tramo de la gira, la verdad es que a mi no acabó de gustarme del todo. Tampoco me aburrí, eso es verdad, pero encontré una diferencia tan brutal entre lo que era la música, esos grandes clásicos que en su momento bebieron del blues y de la música negra, combinados con efectos especiales del año 3000, que aquello me pareció un contrasentido. Sé que siempre ha sido así pero, no sé, la impresión es que ya no colaba. Jagger ha hecho un pacto con el diablo, porque mires donde mires siempre te lo encuentras saltando, bailando y moviéndose como un poseso. Ronnie siempre con una sonrisa en la boca y Charlie Watts inconfundible con ese sonido de batería. Lo de Keith Richards es otra cosa. Es un icono, por supuesto, como si fuera la propia lengua Stone, emblema de la casa, pero es que no daba una con la guitarra, hasta el punto de equivocarse en “It’s Only Rock’n’Roll” una canción que debe haber tocado cientos de miles de veces. Y todos somos humanos dirán algunos, sí, pero no cobramos lo que cobran los Rolling Stones, caramba. Puede ser una percepción mía pero, desde luego, no encontré la emoción, ni en el público ni en el grupo, de otros tiempos no tan lejanos. Será que, después de desembolsar lo que valía la entrada, (porque queridos amigos se impone una reflexión sobre los precios a los que están llegando los conciertos, 20.000 de las antiguas pesetas por ver una actuación de dos horas es un robo toque quien toque por muy leyenda que sea) se le cae la excitación a cualquiera. Pero bueno, ver a los Stones cada vez que vienen es como encontrarse con los antiguos colegas. Sabes exactamente lo que vas a ver: un show de lujo y un puñado de clásicos. Y está bien.

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Estaba leyendo cuando de repente oí un ruido que me era familiar. Un zumbido lejano que hacía una avioneta que seguramente, por aquello que desde el aire las distancias son diferentes, debía estar sobrevolando el mar arrastrando una pancarta de publicidad. Y entonces me encontré con muchos años menos, en la playa, con M., al lado de una de aquellas casetas que se alquilaban por toda la temporada de verano y que utilizábamos para cambiarnos de ropa. Y lo que recuerdo de aquellas casetas es que cuando entrabas la arena estaba fría y la sensación en los pies era muy desagradable. Creo que empezaban a colocarlas más o menos a partir de la escalera 14 y eran, principalmente para gente bien, quiero decir, para gente que se podía alquilar un trocito de playa para que no se le vieran las vergüenzas cuando se ponía el traje de baño. Nosotros la alquilábamos para toda la familia, así que no debía salirnos muy caro después de todo. En aquellos años yo andaba de la mano de M. todo el día e íbamos a la playa porque era verano y siempre había alguien conocido. Luego V. venía a buscarnos, porque V. nunca bajaba a la arena y dejó de bañarse en algún momento ya muy lejano en la memoria. Eso significaba que era la hora de comer. Los regresos siempre eran lentos, como si la arena que se quedaba entre la ropa hiciera más pesado el camino a casa. Después las tardes se hacían extrañas, como si lo importante del día ya hubiese sucedido. Y yo no sé donde estaban X. e Y. en aquella época, porque por más que intento recordar sólo tengo flashes, momentos puntuales en los que aparecen de repente en alguna circunstancia muy concreta. El caso es que en aquellas horas, después del café, cuando M. se iba a dormir la siesta yo buscaba algo que hacer. Muchas veces me iba al cine y luego M. me decía preocupada que eso no estaba bien para un niño de mi edad. “Todo el día sólo por ahí”. Pero gracias a eso empecé a vivir soñando con otras cosas. No recuerdo en que año sucedía todo esto, tal vez por el título de alguna película podría saberlo, como también puedo ubicar en el tiempo otras que me han pasado por los discos que me compraba en ese momento. Las salas de cine, en aquellos años, eran otra cosa. Ni mejor ni peor, simplemente distintas. En mi ciudad eran antiguos teatros convertidos al séptimo arte para salvarse de la quiebra. Entre semana y en verano no iba mucha gente. Hoy podría resultar inquietante aquella arquitectura de otro tiempo proyectando cualquier película de ciencia-ficción para dos o tres espectadores, pero a mí me parecía la cosa más normal del mundo.
También de aquellos años recuerdo los primeros diarios escritos, las primeras libretas llenas de dibujos y textos. De aquellas páginas vinieron estos lodos mucho después. Claro, no había Internet, ni teléfonos móviles ni ninguna de esas cosas que vinieron a facilitarnos la vida haciéndonosla un poquito más complicada. Y sí, uno se da cuenta de que rememorando el pasado se hace un poquito más viejo, tal vez más cascarrabias y lo que escribe parecen las historias del abuelo que cuenta sus batallitas. Pero después me he dado cuenta de que en lo único en que se diferencian mis recuerdos de los de los demás es que los míos ven la luz de vez en cuando a través de este diario.

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En picado
Nick Hornby
Editorial Anagrama

¿Y por qué habría de ser el mayor de los pecados? Llevan toda la vida diciéndote que, cuando mueras, vas a ir a un sitio maravilloso. Y la única cosa que puedes hacer para ir a ese sitio un poco más rápido es algo que te impide por completo llegar a él.

Era exactamente igual que cuando rompes con una mujer que amas –la misma sensación de náusea en el estómago, el saber que nada de lo que puedas decir va a cambiar ni un puto ápice las cosas, o, si lo hace, no las cambiará durante mucho más de cinco minutos-.

Uno decidió hace tiempo no hablar de las cosas que no le gustan. Es decir, no hace falta perder el tiempo haciendo la crítica de un concierto o de un libro que no le dice nada a no ser que sea imprescindible por alguna razón que ahora no podría precisar. En cambio, cuando se encuentra uno con un libro que hace que el tiempo se detenga o un disco que le pone la piel de gallina está encantado de hacérselo saber a todo el mundo. Y eso me ha pasado con “En picado” de Nick Hornby. Hornby es uno de esos escritores de los que es muy fácil convertirse en fan incondicional. La proximidad que consigue con el lector es esa cualidad por la que cualquiera que se dedique a escribir daría la mano con la que sujeta la pluma. “En picado” parte de un singular argumento. Cuatro personas se encuentran en una azotea con la intención de suicidarse. Es Nochevieja y cada uno tiene sus razones para hacerlo. Martín es un presentador de televisión caído en desgracia, JJ. ha perdido su grupo de rock y a su novia, Maureen tiene un hijo discapacitado al que ya no se ve con fuerzas de seguir cuidando pese a su devoto catolicismo y Jess, hija de un ministro laborista, es una atormentada adolescente. Un pacto entre los cuatro hace que se planteen el quitarse de en medio.
Pese a lo que pueda parecer “En picado” no es un libro triste. Precisamente otra de las cualidades de Hornby es saber buscarle el humor a cualquier situación. El suicidio, tan terrible y a la vez tan cotidiano es un tema del que se habla poco y con el que uno no sabe como enfrentarse. Pues bien, sólo hay que ponerse a leer este libro. Pero no hay que asustarse, nada de autoayuda, nada de Jorge Bucay, no. Una novela donde la realidad está tan presente que parece nuestra vida, la de cualquiera, la que está, a veces, en esa azotea en Nochevieja.

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Era impresionante. Aquel hombre se había dedicado a construir con palitos de helado monumentos famosos a escala: la Torre Eiffel, el Empire State, la Torre de Pisa... También había reproducido fielmente un barco de pesca, otro militar y casas rurales que había sacado de fotografías. La exposición sin embargo no tenía muchas visitas y andaba yo sólo contemplando maravillado aquel Lilliput de madera y pegamento. El artista estaba allí sentado, sin hacer nada, mirando al vacío como si él mismo hubiese acabado siendo otra de aquellas figuras cuidadosamente colocada. Y no era un hombre mayor. Estaba en esa edad de jubilación prematura. Ésa la que un destino precoz le había puesto en el compromiso de buscar un sentido al paso de los días. Pensé que quizá durante toda su vida habría tenido a su familia chupando con fruición polos de fresa, Frigodedos, Magnums y, de paso, apartando a sus nietos de la consabida lascivia de los Calipos, con el único fin de conseguir miles de palitos con el que edificar una vejez digna. Me acerqué y le felicité por la exposición. Me miró con unos ojos cuyas pupilas eran un profundo abismo de decepción.
De pronto habló y sus palabras me sobresaltaron.
-¿Sabe cuantos palos de helado hay en esta sala?
-No tengo ni idea -le respondí con sorpresa y fingiendo una sonrisa.
-Yo tampoco, nunca los he contado. Pero he recorrido la playa en verano miles de veces con la mirada en el suelo y una bolsa de plástico para recogerlos.
Se hizo el silencio. Por lo menos ya me había librado del pensamiento de que sus familiares tuvieran pingüinos chillando en el estómago debido a la deglución de helados. No sabía si la conversación había terminado, porque aquel hombre seguía mirándome sin decir nada, con un silencio tan incomodo como el sonido de las palabras que acababa de pronunciar en aquel lugar tan vacío. Poco a poco fui girándome, haciendo ver que volvía a admirar las miniaturas, y me encaminé sigilosamente hacia la puerta de salida.
Desde fuera, a través de las cristaleras, se lo veía allí sentado, sólo, inmóvil. Miraba hacia el suelo, supongo que ya por inercia, después de la búsqueda interminable de material con el que edificar las esculturas. A uno le venía la imagen de una vida llena de envoltorios de helado vacíos, de palitos con restos de chocolate, de olor a pegamento, de horas de aislamiento estudiando las fotografías de aquellos edificios que luego reproduciría con delicado esmero y le invadía una tremenda sensación de soledad. Entré en una tienda de modelismo y le pedí al dependiente una maqueta.
-De las fáciles -le dije- para principiantes.
Me llevé un avión. Tenía que sobrevolar la Torre Eiffel.

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España es un país peculiar, un país de contrastes, como rezan los más horteras folletos de atracción turística. La España de la pandereta y del traje de faralaes, del diseño de Mariscal, del Forum de las Culturas, de la rumba catalana, de la Feria de Abril, de Pedro Duque conquistando el espacio, de los emigrantes que se mueren de hambre, de la televisión cutre y obscena... Efectivamente un país de contrastes.
En el programa taurino de Canal Plus, “El planeta de los Toros”, Manolo Molés, el eterno entendido en tauromaquia, rememoraba la entrevista que le hizo a Julio Robles, el torero de Salamanca ya desaparecido. Seguí con interés el drama humano de un hombre dedicado en cuerpo y alma a un sueño. El sueño de torear. La pasión con la que Julio Robles -desde una silla de ruedas- explicaba sus sentimientos al estar frente a un astado, vestido de luces y sudando la misma sangre, ponía los pelos de punta. Contaba como, siendo ya mundialmente famoso y sus faenas legendarias, fue embestido por un toro en Francia. Pasó meses sin poder mover ningún miembro de su cuerpo, recordando una y otra vez cada paso sobre la arena, cada verónica, cada segundo antes de ser arrollado por el toro. Después, poco a poco, recuperó parcialmente la movilidad de los brazos. Su vida fue condenada a una silla de ruedas. Todo esto contado en primera persona por Robles, que veía sus faenas en vídeo cada noche para animarse a seguir adelante, causaba un tremendo desasosiego. Busqué entre los libros leídos “La gran temporada” (Alianza, 1998) de Fernando Quiñónes, una colección de relatos sobre el mundo taurino realmente fascinante para un tipo como yo, que no entiendo absolutamente nada de toros. El libro lo comencé a leer por curiosidad, pero enseguida me fascinaron los cuentos cortos de perdedores, de toreros fracasados y, en fin, de la liturgia y el secreto que rodea todo este mundo odiado y venerado a partes iguales. Maestro Robles, va por usted.

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Sentado en un banco del Turó Park, viendo pasar a las parejas mientras suena la música clásica de los parques.
Parejas de la mano, parejas que no se tocan, parejas con mirada de enamorados, parejas que sólo miran al frente, parejas encantadas con el niño, con la niña, con los gemelos, parejas hasta los huevos del niño, de la niña, de los gemelos.
Parejas que se quieren, parejas que se odian, parejas que andan despacio, parejas que querrían salir corriendo cada uno por su lado.
Parejas que dan de comer a las palomas, parejas que no tienen hambre ya ni de si mismos. Parejas que respiran sexo, parejas de curas, parejas de hecho. Parejas que ya no se echan de menos ni de más ni de ninguna manera y en ningún sitio. Parejas que pasean a dos centímetros del suelo, parejas que lloran con los pies en la tierra. Parejas que se encuentran por casualidad, parejas que se dicen adiós, hasta la vista, esto no funcionó. Parejas que viven cinco minutos antes del fin del mundo, parejas a las que sólo les quedan 999 sueños, parejas de guapos, parejas de feos, parejas de jóvenes, parejas de viejos. Parejas con perro, parejas con helado, parejas de turistas al principio del verano.

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Una maravilla el último DVD en directo de Mark Knopfler en compañía de Emmylou Harris. Entre un repertorios que abarca las carreras de ambos, Knopfler rescata mis dos canciones favoritas de álbum de los Dires Straits “Brother In Arms”: “So Far Away” y, sobre todo, “Why Worry”. En esta última, que cerraba los conciertos de la gira y que interpretaban ellos dos solos, con el minimalista apoyo de teclados de de Guy Fletcher (el eterno teclista de los Straits), echo a faltar aquel extenso final instrumental que hay en el álbum original, pero sigue siendo una hermosa canción con una letra tan simple que la hace más magnífica aún. A veces no hay que darle a las cosas muchas vueltas, tan sólo escribir lo que sientes de la manera más clara.


¿Por qué preocuparse?

Noto que el mundo te ha puesto triste
algunas personas pueden ser malas
por las cosas que hacen, por las cosas que dicen
pero enjugaré esas lágrimas amargas
y haré desaparecer tus miedos
que cambian tus cielos azules en cielos grises.

Por qué preocuparse
cuando la alegría sigue al dolor y el sol sigue a la lluvia.
Siempre ha sido así...
Entonces ¿por qué preocuparse ahora?

Cuando estoy deprimido recurro a ti
y das sentido a mi vida.
Sé que es fácil decirlo
pero cuando el mundo es cruel y frío
nuestro amor resplandece en rojo y oro
y todo lo demás no cuenta.

Por qué preocuparse
cuando la alegría sigue al dolor y el sol sigue a la lluvia
Siempre ha sido así...
Entonces ¿por qué preocuparse ahora?

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“Extraviar el pasaporte era la menor de mis preocupaciones: extraviar una libreta de apuntes hubiera sido una catástrofe.”
Bruce Chatwin

Muchas veces es más interesante conocer la vida de un escritor que la propia obra que escribió. Muchas de las historias creadas alrededor de gente como Hemingway o Chatwin, sospechan muchos entendidos, eran ficciones que ellos mismos inventaban y llegaban a creerse forjando su leyenda. Leo en el último número de Que Leer un artículo sobre el incansable escritor viajero Bruce Chatwin firmado por Antonio Baños. Su propia vida es quizá la mejor novela. Un viajero que rara vez disfrutaba del viaje y que era un incordio para los que le acompañaban, que ocultó estar enfermo de sida inventando enfermedades increíbles y que siempre escribía en su Moleskine los apuntes de sus libros.
La Moleskine es mi libreta favorita desde hace tiempo. En ella está escrito esto que se lee aquí y otras muchas cosas que no son de recibo hacer públicas. En definitiva, un diario. Y, aunque ahora es relativamente fácil encontrar este tipo de libretas, no siempre fue así. Originalmente sólo se podían comprar en París y, cuando estaban a punto de desaparecer, una empresa italiana se hizo con la patente y, gracias a eso, podemos seguir disfrutando de ellas.
El otro día las encontré y casi me vi obligado a llevármelas todas. Incluso hay una página web en la que se muestran dibujos, story boards, textos, hoja por hoja de Moleskines hechas por algunos artistas de diversa índole...
Lo mío no es para tanto. Sí que pongo fotografías, pero sobre todo escribo. Lo mejor, lo manejable, la tapa dura (las páginas no se doblan) y la calidad del papel que permiten cualquier tipo de bolígrafo o rotulador.


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Desde hace unos días estoy trabajando en el ciclo de música en los parques. Durante todo el mes de julio en algunos parques de Barcelona se organizan pequeños conciertos de música clásica al aire libre a las diez de la noche. Yo, acostumbrado a los excesos del rock and roll estoy como en una nube. El encontrarme con músicos que no gritan, ya me sorprende pero, además, yo creo que para meterse en las obras que interpretan tienen que ser de otra pasta. La parte que a mí me toca es la producción, el que todo esté a punto y que la cosa acabe y empiece a la hora. El montaje es sencillo, pero eso implica que si algo falla se nota enseguida. Es decir, que hay que estar pendiente de todos los detalles. El público es otra cosa a tener en cuenta. Es gente que, por regla general, sabe lo que escucha, conoce las obras y después pregunta a los músicos por las variaciones que se han hecho en los programas, en los arreglos. Y eso a mi me parece una maravilla. El entorno también acompaña así que yo recomiendo, porque aún hay tiempo para ver algunos de esos conciertos, que la gente se pase por alguno de ellos. A mí me toca todos los jueves en el Turó Park (Francesc Macià) y los viernes en Ca Altimira, en la calle Mandri. El jueves 12, por ejemplo, estará Nora Bosch en el Turó. Piano de cola y noche de estrellas. ¿Te lo vas a perder?

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El pop de vanguardia, la música experimental... vale, estamos en el siglo XXI, la investigación, los nuevos sonidos son muy interesantes, pero por qué será que siempre vuelvo al rock. Claro, cuando un concierto empieza así, a mí me sube todo... la adrenalina quiero decir...

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Otra vez parado en un semáforo, otra vez hay una chica llorando. Como la mujer que vi hace unos días. Esta vez era un chica joven, sentada en un portal, con un par de pañuelos arrugados a sus pies y hablando por el móvil. Y es que el verano es un mal momento para las soledades, para las dolencias, para los disgustos. La soledad es el mal de nuestro siglo. No lo digo yo, lo dicen todos los estudios psicológicos que se publican constantemente en revistas y periódicos. Pero no la soledad de no tener amigos, de no tener familia, no esa soledad de no poder llamar por teléfono a alguien para ir al cine, sino otra más dolorosa: la soledad de los besos. Esos besos que hacen ruido al caer como si lo hicieran en un recipiente vacío, esos besos que no tienen dueño y se pierden porque son besos tuyos pero son besos de nadie. Y yo no sé si julio es un mes para llorar, probablemente no es ni mejor ni peor que otros. Pero éste, en el que vuelvo a recorrer un pasillo de hospital donde las horas pasan entre pijamas azules, entre sondas, entre fantasmas atados a extraños artefactos que los mantienen con un hilo de vida, es un momento en que esos besos buscan una pista de aterrizaje, unas luces en la pista, un controlador aéreo para aterrizar sin hacerse daño.
Pero uno siempre arranca cuando el semáforo cambia de color. Sigue su camino. El de sus propias lágrimas, el de sus propias soledades. Piensa uno que ya tiene bastante con lo suyo. Lo mismo que pensará seguramente esa chica del portal cuando alguien le cuente lo caro que está todo, que a fulanito le han pegado unas ladillas o que la cena se ha quemado en el horno... Cada loco con su tema, cada tristeza con su llanto, cada semáforo con su color...