miércoles 12 de marzo de 2008

Cura de recuerdos

Estaba inmenso Robert Smith. Y no lo digo por su tamaño, ni por sus casi cincuenta años, sino por la manera de cantar y de permanecer tres horas encima de un escenario cuando, si hubiera estado una hora y media y un par de bises, nadie se lo hubiera reprochado. Pero no, The Cure hicieron un concierto de dos horas y, tras retirarse unos instantes, volvieron para tocar otra hora más.
Y uno, desde una posición privilegiada, podía ver como los roadies cambiaban los papeles con el repertorio después de los primeros 120 minutos. Ya habían caído los grandes éxitos de la banda, pero aún quedaba mucho más.
La iluminación espectacular, jugando con el dramatismo de las canciones, y la imagen de la banda impresionaban, la verdad. Cuando la guitarra de Smith comenzó a sonar reconozco que me emocioné. Ese sonido, al que uno no hacía mucho caso en los ochenta, todo hay que decirlo, porque estaba intentando ser el guitarrista más rápido al oeste de la frontera, pero que sonaba a todas horas en la tele y en la radio, era inevitable que hiciera regresar el pasado.
Ese sonido, decía, me transportó de repente al tiempo de las carpetas forradas con fotografías, a los suspensos, a las tardes soñando con ser otra cosa, que no era ésta, a la profesora que me enseñó quién era Bob Dylan, a un banco en un jardín de Pàdua, de cuyo nombre no quiero olvidarme, a mi primera guitarra, a las clases a las que no iba, a un viaje desde el norte al que no volvería realmente hasta hace poco... Y piensa uno que tres horas de concierto es poco tiempo para tantos recuerdos.