viernes 14 de marzo de 2008

Día rojo

El jueves pasó como si no quisiera pasar. Uno de esos días que, si se hubiera caído del calendario, así, como desprendiéndose, nadie lo habría echado de menos. Uno de esos días rojos que decía Audrey Hepburn en “Desayuno con diamantes”:
“Los días rojos son terribles. De repente se tiene miedo y no se sabe por qué. Pero, cuando me pasa, lo único que me va bien es coger un taxi e irme a Tiffany’s. Me calma enseguida la tranquilidad y el aspecto lujoso que tiene. Nada malo podría ocurrirme allí.”
Y entonces uno intenta relajarse entre los discos de unos grandes almacenes o perdido en su librería favorita, su Tiffany’s particular. No siempre funciona, claro. Se va uno a casa con un par de discos o un libro que ha comprado sin mucha convicción. Probablemente quedarán abandonados sobre la mesa al llegar y los recuperará uno algún tiempo después, pensando cuándo demonios los compró y para qué.
Y es curioso, porque hay mucha música que uno quisiera comprar, muchos textos que quisiera leer y que, cuando le sobrevuela un día rojo, piensa que es el momento de adquirirlos. Tal vez a la manera de quien se come una chocolatina como homenaje a sí mismo y luego tiene remordimientos por haber cometido un exceso.
Pero no, se olvida uno de lo que quería con tanta urgencia, porque todo parece una soberana tontería. Luego escucha las noticias, ve alguna película, y se emociona con un anuncio de detergente en el que sale una familia feliz. Tienen incluso un hamster dando vueltas en una rueda infinita. La cama estará más fría que otras veces y los programas de radio sonarán más desoladores, las historias más terribles en la oscuridad de los insomnes. El despertador dirá de pronto que ya es otro día. Y espera uno entonces que no sea rojo.