martes 4 de marzo de 2008

Poesía

Ir a una presentación de un libro de poesía no es una cosa habitual, principalmente porque la gente que escribe versos y, aún más difícil, que consigue que se los publiquen, es una especie en peligro de extinción desde hace mucho tiempo. Por eso, nunca hay que dejar pasar una invitación para un evento de tales características.
El escenario no es el más adecuado. En medio de la sección de libros del FNAC han instalado una mesa donde están los presentadores del libro y su autor, mi amigo Ángel Petisme.
Alrededor, un público atento, sentado en unas sillas, y muchos paseantes que se paran a escuchar con curiosidad. Y es extraño, porque cuando Petisme lee alguno de los poemas del libro, los curiosos dejan de serlo y prestan atención, como si, por un momento, las palabras se hubieran detenido en el aire y un pequeño resorte se hubiera activado. Así, de pronto, como diciéndoles que, tal vez, deberían prestarle más atención a esto de los libros. Otros, que suben directamente de la sección de video juegos, pasan de largo porque la cosa no va con ellos. Y eso no es malo, porque uno disfruta mucho más de las cosas cuando sabe que hay una inmensa mayoría que se lo está perdiendo. Es como cuando ese cantante que tanto te gusta, y que te canta directamente al oído, está de pronto en boca de todos. Tú dices a todo el mundo que ya lo conocías, que sabes mucho de lo que quería decir en sus canciones. Pero ya a nadie le importa, porque ya no es tuyo, es del mundo, y sientes que te han robado una parte de ti.
Pues algo así sucedía esa tarde. Los que estábamos éramos conscientes de que estábamos, y fuimos un poquito más felices al disfrutar de un instante íntimo y sólo nuestro. No por el libro en sí, ni por los versos de Ángel, que también, por supuesto, sino porque sabíamos que, al llegar a casa con los poemas bajo el brazo, el placer no se habría terminado.