jueves 27 de marzo de 2008

La confusión

Cómo insiste tu voz llamándome, llamándome,
recordándome que ya no eres como eras
cuando todo lo fuiste para mí
en aquellos remotos días tan hermosos.
Thomas Hardy


Le escribí para decirle que ya había vuelto y que podíamos quedar cualquier día de la semana siguiente. Pero me equivoqué. Confundí su nombre con otro nombre, que era el mismo pero de otra persona. Así que el mensaje fue a parar a una desconocida. A los dos días recibí respuesta. Decía que se hacía cargo de la confusión, pero que aceptaba la cerveza que uno proponía.
Y, a pesar de que al principio la sensación era la de “tierra trágame” contesté diciendo que sí. Y era como una novela de Paul Auster, en la que el azar y la casualidad, son desencadenantes de maravillosas historias.
Durante unos días hablamos de cuál era el mejor sitio para tener nuestra cita a ciegas, barajando sueños, dibujando cuerpos soñados y encuentros idílicos. Sin embargo, los dos retardábamos el momento de vernos, como si la realidad del encuentro fuese a quebrar la ilusión del sueño y significara el final de todo. Era un sentimiento triste, porque evidenciaba la soledad que planea por esta ciudad llena de anuncios de cómo hacer amigos, de risas de plástico, de engaños con cara amable.
El miedo a perder, por muy endeble que fuera lo que teníamos, era un miedo real. Y la cita no se producía.
Fueron pasando los días, y los mensajes se fueron espaciando en el tiempo y en las líneas de lo que escribíamos, cada vez más breves, cada vez más llenas de nada.
Poco a poco abandonamos el hábito intenso de la correspondencia para dejar paso a los correos Spam, a las ofertas de Viagra y a los chistes anónimos, que ya no tenían gracia porque nadie sonríe en los finales.
El silencio volvió al Outlook Express. Cada vez que uno comprobaba si tenía mensajes se sentía protagonista de un viejo western, en el que un viento desértico arrastra una maraña de hierba seca y sólo se oye el silbido solitario que precede a la tragedia.
A veces, algunos días, sin saber por qué se hacen las cosas, vuelve uno a abrir aquellos correos y se siente afortunado de haber sido importante para una desconocida vestida de interrogante. Me pregunto si a ella le pasará lo mismo.