jueves 13 de marzo de 2008

Lluvia

Sí, es cierto. El día estuvo nublado. Como no llovía desde hace tiempo dejé la ropa tendida. Y, de pronto, oí el ruido de unas gotas chocar contra el suelo de la terraza vacía. Recogí los pantalones que ya estaban secos y las sábanas que olían a limpio. Después, me senté en el sofá a leer en silencio. Mientras tanto, una nube de juguete engañaba a los pantanos medio vacíos, a las cosechas sedientas. Salí a la calle a dar una vuelta, sin rumbo, sólo para mojarme. La lluvia es vulgarmente la metáfora de la soledad, de la tristeza. Sin embargo, sale uno a buscar la lluvia. Se imagina paseando con un tubo, unas gafas de plástico y un traje de neopreno, saludando a la gente que se le cruza en el camino como si fuera una película de ciencia ficción de clase Z. Y eso no solo no le pone triste, sino que incluso esboza uno una leve sonrisa cuando lo piensa.
Después volví a casa. Era casi de noche. Cené un bocadillo de algo que había en la nevera y una cerveza. Ya había dejado de llover. Era domingo.