La Terminal B era un bullicio de gente. Y tiene algo de romántico ver bajar a los pasajeros de los aviones. Cómo los reciben los familiares, los novios, las novias, los perros, las madres. Todos parecen, en ese momento, tener a alguien que les espera con los brazos abiertos.
De las puertas automáticas emerge un río de carros con maletas y un niño obeso cargado con ensaimadas, siete nada menos, un chándal de color rojo y una gorra de rapero.
También en chándal, una chica recibe a su chico, y uno no sabe si debe querer romper la relación esponsorizada por Adidas.
La farmacia pone en primer término la estantería con los preservativos, los anillos vibradores y los lubricantes, muy aptos todos ellos para una bienvenida como es debido.
El niño gordo del chándal rojo quiere volver a entrar en la sala de maletas, pero las puertas solo abren para afuera y no para adentro. Hace gestos de queja, que en él resultan grotescos aspavientos, pero no suelta las ensaimadas firmemente atadas a sus manos. Me recuerda a aquella foto de los gemelos más gordos del mundo del libro de los récords, pero en hijo único, es decir, sin gemelo, que lo aguante.
Una familia espera, perro incluido, que llegue una señora mayor. Ésta abraza antes al animal que a cualquiera de los humanos, que se quedan con el ademán de abrazo o beso en un interruptus sólo interrumpido por el rabo del perro, oscilando nerviosamente cual aspas de helicóptero.
Una pareja lleva ya bastante tiempo besándose delante de mí, y uno se siente con ganas de participar en semejante banquete de lenguas.
El niño gordo vuelve a la carga, esta vez ya sin ensaimadas, intentando colarse de nuevo en la sala de maletas. Se asemeja entonces a un rinoceronte enfurecido a punto de embestir a cualquier infortunado.
Alguien sale escoltado por un agente de seguridad. Uno intenta adivinar si será algún diputado, algún banquero, Julián Muñoz o alguna estrella del rock, al fin y al cabo todo es lo mismo.
Ella es blanca como una figura de un cuadro antiguo. Él es negro como el universo. La niña de un color indefinido, el contraste de dos mundos de color esperanza.
El niño gordo del atlético chándal rojo, ha descubierto, por fin, que si espera a que alguien salga, las puertas quedan abiertas unos segundos y consigue colarse dentro. ¿Cuál será el motivo de tanto nerviosismo? Al cabo de unos minutos sale cargado con seis ensaimadas en cada mano y con gesto satisfecho.
Los aeropuertos son lugares extraños, una tierra de nadie, un paso hacia otro lugar donde nadie se queda mucho tiempo. Y, sin embargo, hay bares, farmacia, tiendas de ropa, de libros, de comida... Toda una ciudad para las emergencias de los pasajeros en tránsito. ¿No lo somos todos al fin y al cabo?

