jueves, 18 de diciembre de 2008

Mi lucha contra el crimen

El sábado fui a cenar a casa de X. Dejé la moto en un aparcamiento para ciclomotores y me fui a su casa tranquilamente.
A eso de la una de la madrugada, salía de una estupenda velada, ya con sueño, deseando coger la ronda y estar en casa antes de que el frío de la noche me congelara.
Desde lejos, según me iba acercando a la moto noté que había algo raro, como si hubiera alguna cosa extraña. De pronto me di cuenta de que del depósito de gasolina había colgado un bidón de agua de cinco litros. Alguien había sacado el tubo del combustible y me lo estaba robando.
Me acerqué corriendo, cerré la llave del depósito y quité el bidón. Ni siquiera me pregunté, hasta pasados unos segundos, quién era el autor de la fechoría.

De pronto, me entró el miedo. Con este rollo de la agresividad juvenil, temía yo que aparecieran un par de chavales de esos que te clavan una navaja por dos litros de gasolina. La calle estaba completamente desierta, no había ningún alma a la vista y sólo entonces caí en la cuenta de que, al otro lado, había un coche parado con alguien dentro.
Saqué el móvil e hice ver que llamaba a alguien. El tipo encendió el motor y dio marcha atrás lentamente. Se quedó allí, a unos diez metros con las luces encendidas, cegándome, mientras yo simulaba mantener una conversación. Unos segundos después emprendió la marcha y pasó velozmente sin que pudiera tomar yo el número de la matrícula.

Volví a quedarme solo en la calle vacía. Con una moto con el tubo del depósito colgando, una garrafa de agua llena de gasolina y una sensación de tristeza y soledad.
Apareció entonces un coche de policía. Cosa inusual, por aquello de que nunca están cuando se les necesita.
Los llamé y pasaron del largo. Después retrocedieron al ver que alguien les llamaba. Les conté lo sucedido, me dijeron que tenían una urgencia y se largaron. Me quedé aun más desolado que antes.

Llamé a X. diciéndole que estaba debajo de su casa en esa situación y bajó su marido a auxiliarme con una linterna. Entre los dos intuimos dónde iba colocado el tubo de la gasolina. Lo volvimos a poner en su sitio, llenamos el depósito con lo que había en la garrafa y encendimos la moto. Parecía que funcionaba.

En eso volvieron a aparecer los policías de antes. Parecía todo un vodevil. Unos entrando y otros saliendo. Esta vez sí se pararon, me preguntaron si había cogido a matricula del coche y yo les pregunté a su vez si sabían algo de mecánica. Me verificaron que el tubo estaba en su sitio y adiós muy buenas.

Enfilé la ronda con el miedo a que la moto se parara dentro de cualquier túnel a las dos de la mañana. El frío se me colaba por todas partes y me sobrevino un fuerte dolor de cabeza.
Empecé a pensar que tenía que haber llamado a la policía desde que vi la situación de lejos, no acercarme a la moto, y que esperaran a que el tipo estuviera operando in fraganti para pillarlo... pero esas cosas uno las piensa siempre después, en el momento sólo se quiere salvaguardar lo que es suyo aunque sean unos litros de gasolina.

Las cosas nunca se sabe como empiezan. Nadie que va a una discoteca a divertirse se imagina que acabará la noche con el cráneo reventado por unos chulos en la puerta. Pero las cosas pasan. Y acojona.