martes, 9 de diciembre de 2008

Un buen día

Me llevó X. por las calles del centro. Estuvimos viendo escaparates y alguna librería donde no pude evitar gastarme algo de dinero en libros de segunda mano.
No hacía frío, había quedado la tarde agradable aunque lloviznaba de vez en cuando. Estaba la calle mojada y el mar, que se intuía al otro lado de la carretera, era una mancha oscura que parecía un secreto.

Para llegar me equivoqué de camino y di un par de vueltas, casualmente por delante de su casa, aunque yo no lo sabía, hasta que conseguí aparcar.
Tenía uno la idea de que el pueblo era otra cosa y se parecía bastante a una ciudad donde poder hacer todas esas cosas que uno cree imposibles en cuanto sale de la gran urbe.
Tomamos una cerveza en la Plaza del Ayuntamiento, en un sitio agradable. La gente se iba retirando hasta que prácticamente nos quedamos solos. Pedimos un par de bocadillos, que por cierto estaban muy buenos, y después volvimos paseando por calles peatonales que encontramos vacías. Demasiado pronto para los que salen a los polígonos de las discotecas, demasiado tarde para los que han salido a callejear y se guardan de los rigores de una noche otoñal.

Volví después por la autopista, semivacía también, con algunas gotas de lluvia. No era muy tarde, las doce o doce y media tal vez.
Cuando me senté en el sofá a esperar el sueño me di cuenta de que había sido un día estupendo.