miércoles 19 de marzo de 2008

Terminal B

La Terminal B era un bullicio de gente. Y tiene algo de romántico ver bajar a los pasajeros de los aviones. Cómo los reciben los familiares, los novios, las novias, los perros, las madres. Todos parecen, en ese momento, tener a alguien que les espera con los brazos abiertos.
De las puertas automáticas emerge un río de carros con maletas y un niño obeso cargado con ensaimadas, siete nada menos, un chándal de color rojo y una gorra de rapero.
También en chándal, una chica recibe a su chico, y uno no sabe si debe querer romper la relación esponsorizada por Adidas.
La farmacia pone en primer término la estantería con los preservativos, los anillos vibradores y los lubricantes, muy aptos todos ellos para una bienvenida como es debido.
El niño gordo del chándal rojo quiere volver a entrar en la sala de maletas, pero las puertas solo abren para afuera y no para adentro. Hace gestos de queja, que en él resultan grotescos aspavientos, pero no suelta las ensaimadas firmemente atadas a sus manos. Me recuerda a aquella foto de los gemelos más gordos del mundo del libro de los récords, pero en hijo único, es decir, sin gemelo, que lo aguante.
Una familia espera, perro incluido, que llegue una señora mayor. Ésta abraza antes al animal que a cualquiera de los humanos, que se quedan con el ademán de abrazo o beso en un interruptus sólo interrumpido por el rabo del perro, oscilando nerviosamente cual aspas de helicóptero.
Una pareja lleva ya bastante tiempo besándose delante de mí, y uno se siente con ganas de participar en semejante banquete de lenguas.
El niño gordo vuelve a la carga, esta vez ya sin ensaimadas, intentando colarse de nuevo en la sala de maletas. Se asemeja entonces a un rinoceronte enfurecido a punto de embestir a cualquier infortunado.
Alguien sale escoltado por un agente de seguridad. Uno intenta adivinar si será algún diputado, algún banquero, Julián Muñoz o alguna estrella del rock, al fin y al cabo todo es lo mismo.
Ella es blanca como una figura de un cuadro antiguo. Él es negro como el universo. La niña de un color indefinido, el contraste de dos mundos de color esperanza.
El niño gordo del atlético chándal rojo, ha descubierto, por fin, que si espera a que alguien salga, las puertas quedan abiertas unos segundos y consigue colarse dentro. ¿Cuál será el motivo de tanto nerviosismo? Al cabo de unos minutos sale cargado con seis ensaimadas en cada mano y con gesto satisfecho.
Los aeropuertos son lugares extraños, una tierra de nadie, un paso hacia otro lugar donde nadie se queda mucho tiempo. Y, sin embargo, hay bares, farmacia, tiendas de ropa, de libros, de comida... Toda una ciudad para las emergencias de los pasajeros en tránsito. ¿No lo somos todos al fin y al cabo?

martes 18 de marzo de 2008

Balance de daños

Estábamos parados en una retención. Todos en ordenada fila. No oí el frenazo, sólo sentí el golpe. Tuve que cambiar de moto y estuve tres meses en rehabilitación. * El escenario era enorme, la lluvia incesante. Tocamos, de todas maneras. Yo sabía que no debía cantar ese día, pero lo hice. Y a veces uno debe hacer caso a su instinto. * Sobre un ticket de gasolina, en un atasco, escribí la primera canción del disco. Se llamaba “Me iría con cualquiera”. Era seis de enero. * Se me humedecen los ojos cuando pienso en cómo se durmió entre mis brazos, fiándose de que yo jamás le haría daño, rumbo al cielo de los perros. * Se humedecen otras cosas, cuando recuerdo un pequeño hotel al sur de Francia, al otro lado de la frontera. * Le escribí una carta, a mano, a la antigua usanza. No contestó. Correos tampoco me devolvió la carta. * La primera vez que escuché La Canción, pensé que hablaba directamente de nosotros. Era imposible, claro, estaba escrita en 1975, pero aún me resisto a colgarla en la web. * Me preguntó si tenía más hambre. Por supuesto uno es un caballero y nunca deja nada en el plato. Aún así sigo siempre tratándola de usted. * Siempre hay un momento en que necesita uno desaparecer para poner en orden ciertas cosas. Pero hay que tener en cuenta que la vida es un desorden en sí misma. * Hablaba del corazón de R. y pensé que ese podía ser el corazón de cualquiera, incluso el mío. Da gusto leer a alguien que escribe tan bien, aunque no nos hayan presentado, porque uno también ha subido esos 32 escalones. * “Este es un mundo muy difícil”, me dijo. Yo le contesté que en sus manos estaba que eso pudiera cambiar para mí. Nunca más volvimos a hablar. Y aprendí a tener la boca cerrada de vez en cuando. * Uno se pasa muchas horas entre papeles. No puede evitar pensar en la tala de árboles y en tantos libros que no leerá nunca nadie. * Escribí un poema para X. porque era su nombre, claro, pero además una incógnita aún sin resolver. * Me preguntó la hora y yo la tapé con el paraguas. Parecía una película de lo más cursi. Pero fue verdad. Nuestra historia duró todo aquel largo paso de cebra. * Vi entrar un coche en un garaje y de la casualidad nació el título del disco que se resistía. * A veces me pregunto dónde habrá ido a parar. Nunca volví a saber, creo que trabajaba en un banco. * Venía a tocar algunas veces, haciendo sustituciones de K. Supimos del fatal desenlace. “Only The Good Die Young” cantaba Billy Joel. Su guitarra ha dejado de sonar. Aún toco con el amplificador que me vendió.

lunes 17 de marzo de 2008

Reset


Como todas las máquinas, mi cuerpo también necesita un reset de vez en cuando. Un ajuste de todos los sistemas. Lo malo es que suele pasar cuando él quiere y no cuando uno se lo dice. Así que, desde el viernes a las cuatro de la mañana, estuvo uno en danza con el estómago arriba y abajo, con ese malestar tan propio de lo hipocondríacos. Ése en el que el enfermo cree que su final está próximo y que la vida, después de todo, no estuvo tan mal.
Pero no. Sobrevive uno con los mil dolores pequeños que le sobrevuelan, como ese dulce pájaro de juventud cada vez más lejano, más perdido. Y se deja caer en el sofá a ver pasar películas como si fueran su propio argumento. Porque la vida de los otros es el material de los sueños y con la fiebre todo son pesadillas. Y es curioso que, entonces, parecen algunos filmes más buenos de lo que son, porque uno se vuelve mucho menos exigente. Y así pasa el sábado entre documentales de insectos copulando, películas X que no logran que a uno se le enderecen las cosas, zombis de clase Z inspirados en zombis de clase B y, en fin, todo un alfabeto de tonterías. Se siente uno como C3PO cuando decía aquello de “Amo Lucke, si no me necesita me desconectaré por unos instantes”. Me falta, eso sí, un baño de aceite lubricante.