miércoles, 14 de enero de 2009

Diario de viaje (3)

(Martes, 23 de diciembre 2008)
Las tiendas de discos y las librerías me tienen como cliente cada vez que vengo de visita. Paso a ver a Chema de la librería Paradiso. Lleva la tienda no sé cuantos años en el mismo sitio, porque cuando yo vivía aquí era el único lugar donde podía comprarse algún cómic que no fuera Zipi y Zape o Mortadelo y Filemón, y de eso hace ya 23 años.
En Paradiso, aparte de libros de todo tipo también hay discos. Discos de vinilo de segunda mano y nuevos. Siempre encuentra uno reliquias que llevarse al archivo.
Además, ahora, con el programa de radio anda uno a la caza y rescate de joyas discográficas y no hay que descartar ninguna oportunidad.

Así me paso la mañana revolviendo entre viejas fundas y encontrando algunas obras menores. Entre ellas algunas rarezas que la edad ha hecho que uno valore de otra manera. Discos que antes rechazaba porque eran de un estilo u otro, ahora, más abierto de miras, me sorprendo disfrutando de una copla o una rumba de Peret.
Otras cosas, hay que reconocer que no pasarían algunos controles de calidad, pero uno tiene también sus pequeños gustos inconfesables que, como son eso, inconfesables, no va a desvelarlos aquí y ahora.

La tarde, aparte de sentarse uno a escribir estas cosas, no tiene mucho más interés. La comida de M. por un lado y la cena de P. por otro me han dejado el estómago un poco tocado. Claro, anda uno haciendo dietas mediterráneas, dejando de comer menús de procedencia dudosa y no tomando cerveza para que no le ataquen los gases como al Guerrero del Antifaz los infieles, y ahora, digamos que las licencias estomacales le pasan factura.
De todas maneras, no es impedimento para salir a pasear la ciudad una vez más. Aprovecho para intentar comprar calcetines y calzoncillos en una tienda que tengo controlada. Esos que vienen en packs de “uno para cada día”, pero la cola para pagar es de tal magnitud –anda todo el mundo con las compras de Navidad- que desisto del intento. Lo dejo para días venideros.


Vamos a Oviedo con P. y M. atravesando una niebla espesa como un puré de guisantes, como decían en las novelas de Emilio Salgari o de Joseph Conrad, cuando los marineros se enfrentaban a los elementos en los peligrosos viajes a bordo de endebles embarcaciones.
Es un viaje de ida y vuelta, porque P. tiene que recoger no sé qué cosa en el Periódico. La autopista que une Gijón y Oviedo debe ser una de las más ruidosas de España. Apenas podemos entendernos en el coche si no es a gritos. Eso sí, es gratis.
De noche cenamos unas exquisitas gambas al ajillo que a preparado A. También está I. que se acerca a saludar.
Ya de retirada escojo el camino más largo para volver a casa. Hace frío, unos ocho grados, que se mezclan con el ambiente que emana del mar, esa especie de fragancia de salitre que lo inunda todo haciendo que la sensación de frío se acentúe un poco más. Pero el paseo reconforta y ayuda a que la digestión de la cena se pierda por las calles peatonales.