jueves, 15 de enero de 2009

Diario de viaje (4)

(Miércoles, 24 de diciembre 2008)

Anda la gente corriendo de un lado para otro. Como las hormigas cuando pisas el hormiguero y les ataca el nervio. Apuran las compras para esta noche, pese a que no recordaba yo que en Gijón se celebrara la Nochebuena con regalos. No era así hace años, es una costumbre que empecé a ver cuando me trasladé Barcelona, pero ahora ya está instaurada en toda España.
De todas maneras, sí que conozco gente que esta noche no celebra nada y sí lo hace el 25, Navidad. Nosotros, por aquello de que estamos juntos, vamos a celebrarlo todo. Ya que M. lleva cocinando tres días, hay que comer y no dejar ni una miga. Y lo que sobre me lo llevo en un túper de vuelta a casa.

Quedo con A., con la que me encontré la última vez que estuve gracias a una historia que, por literaria, merece la pena contarla para que se convierta en argumento de una novela.
Resulta que andaba uno cambiando de casa hace unos meses. Eso conlleva siempre la típica exploración de armarios y vaciado de cajones. Encontré una agenda antigua. Allí estaba el nombre, apellidos y dirección de A. de la que no tenía noticias desde hace 23 años. No estaba el teléfono, sólo una calle, un piso y un código postal.
El caso es que apunté la dirección en un papel y me la llevé a la oficina, donde se perdió otros tantos días sin que uno pensara mucho más en ella. Y, como estas cosas del azar son así, el papel volvió a emerger unos días después mientras preparaba unos paquetes para llevar a correos.
No lo pensé dos veces. Metí un par de discos de los míos en un sobre y una nota contándole quién era yo. Terminaba la carta diciendo que, tal vez, ni siquiera era aquella la dirección y que por lo tanto no llegarían nunca aquellos discos a su destino.
Envié el sobre y me olvidé de nuevo.

Unos días después me llegó un mail de A. Muy sorprendida de haber recibido noticias de alguien que había estudiado con ella la E.G.B.
Después nos encontramos cara a cara cuando vino uno de vacaciones en verano y, tanto con ella como con su pareja, tuvimos un encuentro de lo más agradable y la sensación de que tampoco habían pasado tantos años.
Hemos seguido en contacto desde entonces y esta mañana hemos quedado para tomar un aperitivo antes de comer. Vino con E. que también conocía uno de aquellos días y, poquito a poco, hemos ido recuperando el presente y olvidando el pasado, cosa necesaria si uno quiere conservar las amistades.