martes, 20 de enero de 2009

Diario de viaje (7)

(Jueves, 25 de diciembre 2008)


Salí a pasear, como siempre, después del desayuno. Había llovido y estaban las calles mojadas. Vacías de gente porque la cena de ayer seguramente se alargó hasta bien entrada la madrugada.
Nosotros acabamos temprano. Acabé viendo en la tele una reposición de “Fama”, una especie de gala que hicieron el año pasado. Es curioso. Seguí el programa y ya casi no me acordaba de ninguno de los concursantes hasta que los vi de nuevo. Deber ser eso el éxito efímero de la televisión. Estos días, que lo he visto de pasada, los chavales ya están resabiados con la popularidad y parecen actores más que otra cosa.

El caso es, como decía, que no fue hasta las doce y media, cuando ya andaba uno por la playa, cuando empezaron a salir las familias de las casas. Muchos llevaban tarteras con comida, otros pasteles envueltos para el postre y, eso sí, cuidadas vestimentas. Porque si algo tiene Gijón es que la gente va muy arreglada. Raro es ver a alguien en chándal. Ellas son muy guapas, por lo memos a mi me lo parece, y ellos siempre bien vestidos.

Vi como en el mar se metían algunos arriesgados ancianos que, todos los días del año, haga el tiempo que haga, se toman su baño. Está vez con la lluvia y el frío le daba a uno la impresión de que en cualquier momento les fuera a dar un pasmo, pero no, incluso con guantes, hacían la hazaña de meterse entre las olas.


Volví por la calle San Bernardo, parándome en los escaparates, haciendo tiempo para la hora de comer cuando, ya cerca de casa, vi un tumulto de gente. Se veían además algunos agentes de policía que habían acordonado la zona. Cuando me acerqué vi que había un cadáver el suelo. Era una anciana a la que los médicos de la ambulancia, que estaba parada al lado, no habían podido salvar la vida.

Como siempre en estos casos suelen aparecer dos o tres vecinos que comentan la jugada. Se conoce que la anciana, sola y desesperada, se había tirado por la ventana. Era muy extraño, siendo hoy el día de Navidad, encontrarse rodeado de gente con regalos y paquetes mirando aquella sábana blanca que ni siquiera se había manchado de sangre. Algo así como la cara y la cruz.

Seguí camino a casa algo contrariado la verdad. Encontrarse con la muerte le hace a uno despertar de esa ensoñación de los días en otra ciudad, de la soledad que se te pega a las tripas tan fuertemente que sólo un golpe contra el cemento de una calle mojada puede aliviar. Y sentí entonces una tremenda ternura por aquella anciana que, en sus dos o tres segundo de caída, debió de sentirse libre de todo mal. Por fin.