miércoles, 21 de enero de 2009

Diario de viaje (8)

(Viernes 26 de diciembre 2008)

He decidido adelantar el viaje de vuelta. Por ninguna razón en especial y por todas en particular. Recuerdo haber vuelto a Gijón después de mucho tiempo, como huyendo de algo o buscando no sé qué cosa. Tal vez buscándome a mi mismo. Cuando hace uno estos viajes introspectivos puede darse de bruces con muchos fantasmas, descubrir secretos familiares dignos de una novela o, simplemente, acabar estableciendo un orden en las cosas que le rodean aunque estén a miles de kilómetros de la ciudad donde vive.

Me acompaña M. en el viaje de vuelta, que me echará un cable con algunos cambios que uno quiere hacer en el estudio. Algunos amigos se sorprenden, me dicen que el estudio ya está bien como está, pero no sé por qué siempre encuentro un mueble que no está bien colocado o algunas cosas que me molestan o que faltan por ordenar. Será que uno no acaba de encontrar su sitio y el hecho de mover las cosas de un lado a otro sea la manera de buscarlo. O, tal vez, vuelve el espíritu de Juan Ramón Jiménez y sus correcciones infinitas...

Es el primer día que me siento en el Café Dindurra, donde escribí la mayor parte de las notas del último viaje y del anterior a aquél. Lo evito en invierno porque siempre está hasta arriba de gente. He ido a hacer las últimas compras que me quedaban y de vuelta, por alguna razón, empezó uno a encontrarse muy mal. No es nada nuevo, siempre se suelen somatizar los cambios de alguna manera y la mía es ésa. Pero, como ya conozco todos estos síntomas, no me alarmo y lo tomo con toda la filosofía de la que uno es capaz en cada momento. Así que no dudo en entrar en el Café cuando veo que mi mesa de siempre está libre. Saco la libreta, me concentro en estas líneas y dejo que una cerveza y unas croquetas dejen volar las malas vibraciones para que las absorba el extractor de humos.

Ya en casa me pongo con la maleta. He quedado para cenar con A. y J. pese a que saldré temprano al día siguiente. Sigo encontrándome regular pero hago el esfuerzo de ponerme en marcha y acudo a la cita. No volvemos muy tarde y de regreso paramos en la sala Albéniz donde están los Skizoo terminando un concierto. Nos dejan entrar gratis y vemos las dos últimas canciones. La verdad es que me da un subidón de adrenalina sentir unas guitarras eléctricas contundentes directas al estomago después de tanto villancico.
A las doce ya estoy en casa. Ya tengo algunas cosas en el coche, sólo la maleta, a la que le falta el cepillo de dientes, se cerrará a primera hora de la mañana.