jueves, 22 de enero de 2009

Diario de viaje (9)

(Sábado, 27 diciembre 2008)

Hemos viajado toda la mañana. Desde las seis y media, cuando salíamos de Gijón lloviendo, hasta las tres y media de la tarde cuando llegábamos a Vilassar entre las nubes de una tormenta de violencia inusitada.
Entremedio nieve y frío. Daba un poco de miedo, por el temor a que se le fuera a uno el coche en algún trozo de sombra, donde el hielo de la noche no se hubiera derretido aún. Pero era un paisaje muy bonito en el que el coche era como un velero de esos que atraviesan el océano sin más compañía que el canto de una ballena. Apenas nos cruzamos con otros vehículos hasta bien entrada La Rioja. Le venían a uno a la memoria aquellos parajes desérticos de los Mad Max de turno, donde las autopistas se vaciaban por la falta de combustible.

Después de Bilbao desayunamos. A primera hora, cuando ha pasado el servicio de limpieza por las estaciones de servicio, es el momento ideal para hacer la parada de rigor. No siempre se acierta, como esta vez. Huelen los váteres a uso y no a detergente como debiera. Pero se olvida cuando, de nuevo en el aparcamiento, te golpea el grado de temperatura que nos acompañará durante casi todo el viaje.

Por la tarde, ya instalados, salimos a comprar víveres. No hay nadie en casa, como estaba previsto, y la nevera llora por falta de compañía. Meterse en un supermercado después de nueve horas de coche no es algo muy agradable, pero lo es menos no tener nada que llevarse a la boca.
Por la noche podemos hacer una ensalada y comentar los planes de lo que haremos esta semana. Lo primero tirar una cajas del sótano. Labor que me veo incapaz de llevar a cabo yo solo.