martes, 6 de enero de 2009

Regalos

Perseguí las sombras de esta noche mágica, busqué los regalos debajo de las sábanas, pero no encontré nada.
Permanecí atento a los ruidos de la noche. Ellos eran tres, suficientes para escalar la fachada, llegar hasta la terraza y, por muy voluminoso que fuera el regalo que me trajeran, dejarlo en cualquier rincón. Lo hubiera encontrado de cualquier manera, porque mi casa es tan pequeña que no tiene esquinas donde esconder ni siquiera la soledad.

Me llegaron rumores de que ayer andaban atareados, haciéndose visibles en cada rincón de cada ciudad, con esa firmeza de quien se sabe en poder de la inocencia ajena. A veces con largas barbas blancas, otras con crepados imposibles para unos señores de edad respetable, siempre cargados de collares y abalorios diversos. Mala cosa, porque quien atesora pocas veces reparte. Y eso debió de ser lo que sucedió en mi caso.

Después, mientras el café hacia espuma sobre la taza del desayuno, descubrí que tenía una agenda llena de teléfonos. Algunos sólo servían para despertar contestadores. Otros, en cambio, aún seguían tan vigentes como siempre. Entendí entonces que ése era el mejor regalo, el día después, la normalidad. Con esa melancolía agradable que se posa sobre la rama de los días normales y no, desde luego, el sobresalto de las fechas señaladas que todo el mundo dice odiar y que nadie se atreve a borrar del calendario.