miércoles, 11 de febrero de 2009

Montaña Rusa

Pasaba el semáforo viniendo de correos. Estaba verde para mí. Un coche giró y tuve que saltar a la acera para no ser atropellado. Ni siquiera dije nada, porque estuvo el corazón a punto de saltarme por la boca del susto.
El conductor sacó la cabeza por la ventanilla y grito un “gilipollas” tan sonoro que llenó la calle. Lo sentí como si un eco antinatural lo arrastrara por el asfalto y me golpeara en la cara.
Algunos se giraron, miraban primero al semáforo y, cuando veían al hombre de verde, se les ponía cara de no entender la situación.
El caso es que un día normal, con una visita a correos, con buen humor con la chica de la ventanilla, se había truncado de pronto en un día gris.

Seguí andando cabizbajo. Enfrente de mí una mujer con dos niños. Uno debía tener siete u ocho años, el otro un bebé que andaba como uno de esos tentetiesos que están a punto de caerse y, de pronto, como por arte de magia, recuperan el equilibrio. Cuando estaba a mi lado me di cuenta de que era una niña. Tropezó con mis piernas y me miró sonriendo. Soltó una carcajada y yo la cogí para que no se cayera. Sonrió la madre, sonreí yo y, de pronto, todo el cielo gris que aquel pobre cretino del coche había sembrado con insultos segundos antes, quedó en una anécdota sin importancia.
Sentí una alegría indescriptible, como si me hubiesen dado la mejor noticia del mundo, y seguí hacia la oficina.

La mañana se había convertido en una montaña rusa llena de coches que se saltaban los semáforos, de sonrisas de niños que aún no se habían contaminado de la sangre de tantos desgraciados que andan por el mundo dando gritos.
A veces siento el vértigo que imprime la velocidad de los relojes, el miedo a la pendiente que está a la vuelta de la esquina. Rápido y lento, bajar y subir, sol y nubes. Como la vida misma.