miércoles, 18 de febrero de 2009

Restaurante chino

Es curioso, pero no recuerdo haber estado en este restaurante. Y probablemente me equivoco, porque la memoria, a veces, no tiene nada que ver con el recuerdo y uno imagina cosas tan reales que parecen ciertas aunque no hayan sucedido. Y otras, en cambio, que sí han pasado, se olvidan al instante.
Y puede ser que ella me hablara de algo desagradable y también puede ser que ni siquiera se diera cuenta, porque en ocasiones lo que se piensa no es lo mismo que lo que se dice y también, es probable, que entonces yo ni siquiera escuchara.
Las palabras y los sentimientos no siempre van de la mano. A veces ni siquiera se dan besos, lo que es más grave.

A lo mejor ni siquiera nos dijimos adiós y seguimos aquí, uno enfrente del otro, mirándonos como quien ve su imagen en un espejo y piensa, “ah, sí, claro, ya nos conocemos”. O quizá cada uno se fue por un camino diferente después de un plato de pollo agridulce.
El caso es que la memoria y los recuerdos, como decía, existen para sembrar campos de dudas. Tiene que ser eso. Sino cómo es posible que no recuerde uno si tomó un rollito de primavera, aunque fuese invierno, o si el arroz blanco era tan blanco como las páginas de este cuaderno antes de escribir estas líneas...

Y suena esa música como de ascensor, pero en chino...