martes, 17 de febrero de 2009

San Valentín

Es San Valentín la apoteosis de lo cursi. Esas estampas con novios maravillosos que regalan flores a novias refulgentes en paisajes idílicos. Esos anuncios que te inyectan la mala conciencia sino eres capaz de regalar a tu pareja una joya (y he dicho joya, con J) o cualquier cosa que haga que ella, rendida, te entregue un masculino reloj de oro de no sé cuantos quilates...

Pero San Valentín también es esa fecha en la que las ausencias se hacen más evidentes. ¿Qué hacer si no tienes pareja? Recurrir a las madres, claro, siempre tan socorridas, para entregarles un ramo de flores mientras enseña uno orgulloso el tatuaje de “amor de madre”.
Sienta igual que el día del padre al huérfano, que el día de Sant Jordi sin alguien a quien regalar una rosa... eres entonces una figura en blanco y negro moviéndote entre una multitud de capullos de color rojo.

Caía en sábado esta vez y, al estar lejos del centro de la ciudad, donde seguro que volarían los corazones de un lado a otro de la calle, como las palomas, posándose sobre el brazo de los turistas enamorados, no se enteró uno mucho del acontecimiento.
Después se dio cuenta de que había ido a tomar un café por la tarde y había regalado un libro, pese a que no era Sant Jordi, es decir, fuera de temporada y escrito unos versos para dedicarlo. Y no sabe uno por qué, cuando escribe un amago de poema, siempre está más orgulloso que de cualquier cosa que pueda escribir aquí. Después se vuelve a los quehaceres habituales y la vida se va ordenando por sí sola lejos de cualquier acontecimiento como éste.

Por la noche pensaba uno que pobre San Valentín, un sacerdote de la Roma del siglo III al que Claudio II, el emperador, prohibió la celebración de bodas, ya que los hombres debían estar preparados para la guerra y no para inutilidades románticas.
Valentín, no obstante, siguió oficiando bodas clandestinas hasta que fue descubierto, torturado y ejecutado. Antes, dice la leyenda, le devolvió la vista a la hija del juez que se ocupaba de su condena y, además, el día de su decapitación, por supuesto un 14 de febrero, le escribió a la muchacha una emocionante carta firmada como “tu Valentín”.
En su tumba floreció un almendro, símbolo del amor eterno, que muchos escritores y poetas han usado como recurso para estos temas del corazón.