lunes, 16 de febrero de 2009

Sin calefacción

Tenía razón el hombre del tiempo. Realmente hacía frío esta mañana. Salir de la cama se me hacía un mundo imposible. Despegarse del calor de las sábanas era una ardua tarea. No por el hecho de madrugar, ese problema nunca lo he tenido, sino por que parecía que me iba a saludar un pingüino en la habitación.
No tuve arrestos para afeitarme, como tampoco los tuve ayer, así que ha ido creciéndome una barba blanca muy extraña. Es la edad, claro, que ya asoma por todas partes.

De la ducha sale uno al mundo como un recién nacido que llora porque lo sacan del calorcito del líquido amniótico.
Saqué la chaqueta de la moto, que llevaba en el armario desde el año pasado, y salí hacia el garaje. No llovía, pero soplaba un viento helado que se te metía dentro con cada bocanada de aire que respirabas.
El trayecto es corto, pero se hace largo cuando ni siquiera los guantes impiden que te duelan los dedos. Es una humedad que se siente en los huesos y, cuando al fin detienes el motor, sientes el cuerpo como si hubieras estado trabajando en un almacén descargando sacos de cemento.

Por la noche el drama es menor, porque a uno le da tiempo a caldear la casa y parece que las inclemencias del tiempo son menores. Son los inconvenientes de vivir en una casa sin calefacción.