jueves, 26 de febrero de 2009

Tesoros (y 3)

Sigo revisando al azar algunos de los libros encontrados. Las cajas venían marcadas como si fueran restos abandonados de un traslado, como si en el último momento el propietario de los libros hubiera decidido deshacerse de todo aquel equipaje de papel. Por qué, me he estado preguntando estos días, renuncia alguien a todo eso. Tal vez porque en esos momentos en los que uno se traslada hace limpieza y, víctima de ese desasosiego natural que se produce cuando se inicia la partida, también se dejan caer las hojas de un otoño que recuerda a otros veranos más alegres.
Algún tiempo después se sienta uno y, al hacer balance de lo vivido, busca en la memoria y se dice “ah sí, yo tenía aquel libro, pero se quedó en alguno de los traslados de casa en aquel tiempo en que...”

Busco alguna señal que identifique al propietario. Que era alguien que tenía buen criterio por la lectura está clarísimo, la selección de poesía así lo demuestra. También la elección de Conrad, Salinger o Navokov, de los que figuran casi todos los títulos, dice mucho a favor de su dueño. Ahora, además, podrá meterse uno con “En busca del tiempo perdido” de Proust, al que siempre le ha tenido uno cierto respeto cuando veía sus seis gruesos volúmenes en la librería sin decidirse a hincarles el diente. Ahora ya no hay excusa para pasar de esa frase inicial “Mucho tiempo he estado acostándome temprano”...

El caso es que estos libros parecen leídos. Muchos tienen marcas en sus páginas, incluso algunos comentarios apuntados en sus márgenes.
En todo caso quien fuera su dueño debe saber que todo ese tesoro no ha sido pasto de las fauces del camión de la basura. Supongo que por eso, por donarlos a algún aficionado anónimo, los dejó fuera del container de papel. Y ahora están siendo ordenados meticulosamente en una biblioteca siempre hambrienta.