jueves, 5 de marzo de 2009

Berta y el gilipollas

Ahora que va uno andando o en bicicleta desde hace un par de semanas, reconoce que la cosa no está mal del todo. La calle, la gente, es una fuente inagotable de argumentos que seguro podrían ser el principio de una novela si uno tuviera arrestos para empezarla, claro. Después me pongo a pensar que este diario, desde el 2003 que empecé a escribirlo, ya es de por si una novela, la mía propia, así que más o menos eso de novelarse uno encima ya está siendo una realidad.

El caso es que la otra tarde oía gritos desde un portal. Dentro había una pareja que discutía. Hablaba ella con un tono irritado, sin gritar, diciendo “a mi Berta, me importa un huevo, haberlo pensado antes”. Él no decía nada. Y uno maldecía el paso que llevaba porque sentía la urgente necesidad de enterarse de quién era la tal Berta y que había hecho el tipo para que la chica se enfadara de esa manera. Es lo que tiene discutir en plena calle, que haces participes sin querer a los peatones.

La tarde del viernes, casi a la misma hora, me crucé con otra chica. Está sí gritaba hablando por el móvil, tanto que se giraba la gente cuando pasaba por su lado. “¡¡¡Eres un gilipollas, nunca dejas que me explique, gilipollas, gilipollas, gilipollaaaaaaaaas!!!!” Iba repitiendo eso una vez tras otra. Era bastante espectacular porque, una vez vuelta la esquina, seguía oyéndose. Historias de amor sin duda, qué otra cosa puede provocar semejante estado.
¡Quién demonios será Berta, maldita sea!