lunes, 9 de marzo de 2009

Cucú, cucú, cucú...

Mi vecino tenía un reloj de cuco. Y debía ser de un tamaño monstruoso porque oía uno el cucú, cucú, cucú, como si lo tuviera en su propia habitación. Estaba uno tranquilamente durmiendo y cucú, cucú, cucú. Otras veces, en las que trataba de concentrarme escribiendo o leyendo, cucú, cucú, cucú. Daban ganas de bajar a su casa, y hacerle cucú, cucú, cucú en la oreja.

Pero desde hace días no se oía el graznido del pájaro. Y ayer me encontré al vecino en la escalera, con el reloj en la mano y en dirección al container.
-Se ha estropeado y no merece la pena arreglarlo –me dijo.
Y yo pensaba, no por Dios, que no lo arregle.

Lo dejó a la vista de los peatones y, los que pasaban a su lado, se lo quedaban mirando, porque hay que reconocer que dentro de la estética kistch, que a uno siempre le ha fascinado, tiene cierta atracción esa casa como tirolesa con el pajarito de madera cucú, cucú, cucú.

Y sí, ya sé que los que saben de mis peligrosas aficiones a los artilugios de dudoso gusto, ya contadas aquí en numerosas ocasiones, estarán temiéndose lo peor. Pero no, amigos, no le evité la orfandad al pobre pajarito, que se lo llevó finalmente el camión de la basura. Como las oscuras golondrinas, pero sin regresar.
Y, aunque parezca mentira, esta noche me desperté añorando el cucú, cucú, cucú.