lunes, 16 de marzo de 2009

El centro del Universo

De pronto me encontré una caja vacía. Donde antes había letras ahora sólo quedaba un buzón huérfano de cartas. Donde antes un cartero invisible sufría por el exceso de trabajo, ahora sólo había una ausencia y una cartilla del paro.

Supe después que correos ya no vendía sellos, no al menos como los de antes, que se acabaron los árboles de la selva y que ahora el papel es un lujo que solo pueden permitirse los ricos con corazones herméticos. Pero esos ya nunca escriben cartas a nadie.

Los paisajes sólo fueron entonces fotografías de otro tiempo, esas diapositivas de antiguos viajes que uno descubre en el cajón, años después, y se sorprende con algo que ya había olvidado.

Y al principio todo era tristeza, luego una suerte por haber escrito una novela, con sus personajes, su principio y su final, algo amargo, como los de las buenas películas.
Siempre hay un París, siempre hay un tópico que no arregla la melancolía de un adiós. Siempre hay un ombligo que, uno se cree, es el centro del universo.