miércoles, 18 de marzo de 2009

Visita de médico (1)

Duró la operación seis horas. Yo estaba lejos, pero no dejé de pensar en que durante ese tiempo se detenía todo por efecto de la anestesia.
El ser humano, en estos casos, parece uno de esos muñecos que utilizan para probar la reacción del cuerpo en los accidentes de automóvil, Crash test dummies, lo llaman los profesionales, porque queda ahí, inerte para que lo pinchen, lo desmonten y lo vuelvan a montar. Como si nada.
Y se parecía X., entonces, a aquella fotografía que guardo de John Merrick al que apodaron El Hombre Elefante. Desde el pecho hasta la boca le recorría una cicatriz como aquella que le pespunteaba Victor Frankenstein a su monstruo, descuidando la belleza del rostro en pos del milagro de la resurrección.
El caso es que no estuve presente cuando la foto se hizo, en el momento en el que el labio de X. parece esa trompa de Merrick que le valió el apodo paquidérmico, ni cuando la cicatriz era una cremallera por donde entrar a extirpar el mal. Ha sido ahora, seis días después cuando vuelve uno a los hospitales después de la tormenta.

Todos los hospitales son el mismo. Puede que haya menos gente, puede que esté más o menos en obras –pasaba en el Clínico de Barcelona y aquí también- pero las caras y el blanco de las enfermeras es igual en todas partes.
Y me llama esto la atención porque parece la prueba de que siempre habrá más enfermos que camas y constantemente hay que estar ampliando espacio para dar alojamiento.
X. está solo en una habitación. La persona que estaba a su lado ha sido trasladada a la UCI, así que la habitación parece enorme. Se juntan algunos familiares y yo, que acabo de hacer mil kilómetros desde Barcelona.
Lo encuentro bien y no puede uno por menos que emitir un suspiro de alivio pensando que hemos salido de otra.