jueves, 19 de marzo de 2009

Visita de médico (2)

En la carretera las cosas están en el mismo lugar. Por mucha que sea la distancia entre un punto y otro, a base de recorrerla, acaba uno por conocer cada indicador, cada estación de servicio, cada poste de gasolina. Lo que una vez fue un viaje emocionante se convierte en una rutina que se hace rápido y con las paradas de rigor.

Pasado Zaragoza, como siempre, para uno en Sobradiel, donde a esa hora temprana sabe de la limpieza de los aseos, que huelen a desinfectante. Es el sitio recomendado para un bocadillo de queso que sabe menos a plástico que en el resto de las estaciones. Lástima que, algo emocionado por la degustación, la estropee uno con un Donut artesanal que, aparte de no saber a nada, producirá ese fenómeno de molesta repetición durante el resto del camino.

Y andaba uno en la deglución del desayuno cuando se detuvo en la estación un autocar cargado de jubilados.
Quien no ha visto desembarcar a un tropel de ancianos a la carrera, sin duda, se ha perdido uno de esos acontecimientos dignos de rememorar en el recuerdo de hechos peculiares.
Una pléyade de señores prostáticos que toman por asalto los lavabos para después reclamar a los escasos camareros y a voz en grito toda suerte de cafés, bocadillos y refrescos como si hubieran vuelto los tiempos de recesión y hambruna.
Las señoras, lo mismo, aunque con preferencia por conseguir una mesa donde dar buena cuenta de las provisiones obtenidas. No hay espacio para el recato y uno, que está solo en una mesa de cuatro, es invitado a seguir ruta por amenazadoras ancianas portadoras de bandejas en las que hay, de todo, dos.

Y el viaje sigue entonces entre los modernos molinos de viento –ya descritos aquí muchas veces- , los castrados toros de Osborne y las señales de limitación de velocidad.