lunes, 23 de marzo de 2009

Visita de médico (3)

L., que es un encanto, me sube y me baja del hospital estos dos días. Después del viaje, mil kilómetros desde las cinco de la mañana y comer algo, hago la primera visita. Lo primero que noto al llegar es el olor. Un olor característico de los hospitales que, como ya he dicho, parecen todos iguales.

Ese primer momento, aunque uno disimula con estoicismo, es el que incita a salir otra vez a la calle a respirar aire puro y, si nadie mira, salir corriendo atravesando los verdes campos del paisaje astur, espantando los virus que uno se imagina detrás de cada puerta.
Por eso a los hospitales la gente viene de visita, tomando la palabra visita un sentido estricto, es decir, asomar la cabeza, preguntar al enfermo cómo está y, después, salir de allí cuanto antes. Y, también por eso, la gente suele hacer una visita y no más.

Echo una ojeada a los alrededores del edificio. La Universidad Laboral, el mar, allá a lo lejos, el verde de los campos después de una lluvia casi permanente y las casas que suben y bajan por las laderas de las colinas que circundan toda esta ciudad medicinal.
Abro la ventana de la sala común y respiro, respiro, respiro...