miércoles, 8 de abril de 2009

Abandonado

X. encontró a un perro en la calle. Ambos se miraron. X. lo llamó y el perro empezó a caminar a su lado, como si nunca hubiera habido más dueño que él. Se paraba en los semáforos, cruzaba las calles a su lado y, cuando llegó a la oficina X. se despidió pensando que nunca más volvería a ver al animal.

Sin embargo, cuando salió del trabajo cuatro horas después, el perro seguía allí, sentado bajo la lluvia. Hicieron juntos el camino de vuelta y lo subió a su casa, compartieron la cena y el perro durmió a los pies de su cama.

Al día siguiente volvieron a hacer juntos el camino al trabajo. X. cumplía su jornada y el perro siempre lo esperaba en la puerta, atento a cada persona que salía del portal.
Y así pasaron los días hasta que finalmente decidió dejar al perro en casa mientras él trabajaba. Así semana tras semana, mes tras mes, año tras año. El perro siguió llamándose perro. No le puso ningún nombre porque seguramente ya lo tenía de antes y quién era él para bautizarlo de nuevo. Nunca le puso una collar, ni un chip de identificación. No era suyo, se dijo a sí mismo, sólo un perro que estaría con él hasta el día en que como había llegado, decidiera marcharse.

Y toda esta historia viene al caso porque ayer, bajo la lluvia, me encontré un perro que parecía abandonado. Me acerqué a él y me gruñó violentamente. Yo pegué un salto asustado. Salió entonces de una tienda el que debía ser su dueño y gruñó, como su animal, algo así como “eso por molestar”. Y es que hay veces que la literatura debe quedarse en mera literatura.