lunes, 6 de abril de 2009

Animales salvajes

Estaba yo echándole un ojo al periódico como cada mañana, parado en el semáforo de al lado del kiosco, cuando oí llorar a una niña desconsoladamente. Miré y vi que la niña se abrazaba a las piernas de su madre presa de un terror compulsivo. Al lado había una anciana con dos perros, tan ancianos como ella, sentados tranquilamente contemplando la escena.

La madre intentaba tranquilizar a la niña diciéndole que los perros estaban atados, que no le harían daño y los canes, atónitos, como pensando “qué le pasará a esta, joder, tanto escándalo” miraban a su dueña y perdían, después, la mirada en algún punto infinito.

El semáforo cambió de color y la vida siguió su curso. A los animales les costó volver a ponerse de nuevo a cuatro patas, no sé si por vejez o por la humillación de ser considerados dos depredadores sangrientos a su edad, que un respeto a las canas hay que tenerlo siempre aunque uno sea un perro con alguna pulga, caramba.

La niña y la madre aceleraron el paso y se perdieron por la esquina de la calle. Qué triste, pensé, a qué edad temprana empezamos a desarrollar las fobias.