martes, 14 de abril de 2009

Dos gotas de agua


Salía uno de correos, como siempre muy temprano, cuando me encontré con X. apoyada en una de las ventanillas. Me sorprendió verla allí, así que me acerqué y la saludé.
Ella me miró con extrañeza, como si no me conociera.
-Me parece que me confundes –dijo.
-Pero X., soy yo –le contesté mirándole a los ojos, porque indudablemente era X.
-Me confundes con otra persona -dijo ella con la misma cara y la misma mueca que ponía siempre.
Empecé a pensar que algún destino misterioso me estaba jugando una mala pasada, como en una de esas películas de terror en la que al protagonista no lo reconoce ni su propia familia. Así que volví a insistir.
-Pero X. ¿no me conoces?
-No, ya he dicho que te confundes –contestó por tercera vez ya con una mueca de enfado. El funcionario de correos comenzó a interesarse por la conversación, percatándose de que estaba pasando algo raro.
Contrariado, pedí perdón y me alejé de aquella X. que no era X.
Me vino a la cabeza entonces la historia que había leído en el periódico hacía unos días, en la que dos gemelas que no sabían de la existencia la una de la otra, fueron a parar a la misma tienda y la dependienta trató a una de ellas como si fuera la otra, a la que conocía de toda la vida. De esa manera se destapó el pastel y se encontraron veintitantos años después de haber sido separadas al nacer. La historia termina con una truculenta sucesión de odios entre familias y una enorme confusión.
Por eso, cuando vi a X. no le dije nada. No fuera que tuviera una hermana gemela desconocida que viniera a estropearle la vida. Preferí pensar en aquella otra leyenda urbana que dice que todos tenemos otro yo en alguna parte del mundo.