viernes, 10 de abril de 2009

Elemental, querido Watson

No me fijé en el tipo, un chico joven con una bolsa de deporte, hasta que otro, mayor y con traje, lo agarró por la espalda, lo tiró contra la estantería y le exigió que sacará todo lo que llevaba en la mochila.
Entonces me di cuenta de que el joven llevaba unos cuantos CDs y libros que había ido cogiendo sin intención de pagarlos.
El que lo había detenido, intuí que se trataba de un encargado de seguridad que, vestido de calle, se paseaba por el centro comercial en busca y captura de delincuentes.

Pero no lo detuvo, le exigió que dejara todo lo que había cogido y, a condición de que se largara, no le denunciaría a la policía. Por supuesto el chico salió disparado, con una media sonrisa que delataba cierta humillación.
Yo, que estaba justo enfrente, vi como el hombre mayor recogía todo lo robado y se iba a alguna parte. Por un momento pensé que él también podría ser otro delincuente que, una vez confiscado el material, se lo quedara. Así que lo seguí. Una persecución infructuosa porque enseguida se perdió en una puerta de acceso restringido sólo para personal autorizado.

Me quedé algo contrariado, como un Sherlock Holmes de pacotilla incapaz de resolver un hurto de lo más simple. Después cogí un par de libros y me fui a casa. Pero antes los pagué, por supuesto.