jueves, 2 de abril de 2009

Madrugadas

Eran ya algo más de las tres de la mañana. Cuando uno llega a esas horas, sabiendo que tiene que madrugar al día siguiente, sabiendo que a la noche ya sólo le quedan unas pocas horas de sueño, lo mejor es no apurarse y que el regreso sea tranquilo.

Sonaba en el coche un disco en directo de Francis Cabrel, uno de esos discos que me transporta a otro escenario que nada tiene que ver con la carretera, con la autopista, con las luces que alumbran un recorrido que parece eterno. Un paisaje de canciones que inspiran otras canciones, de guitarras cristalinas, de letras que forman parte ya de la vida de uno.

Y, cuando por fin aparco en el garaje y llego a casa, abro una cerveza y me sirvo algo para picar, enciendo la tele y pongo el volumen bajito, porque no se oye ningún ruido en el edifico, ningún coche pasando por la calle, ningún camión de la basura.

Después ya se encamina uno hacia la cama y se deja caer en brazos de una madrugada que empieza a dejarse mecer por los rayos del sol. De pronto suena el despertador. Parece que no ha pasado el tiempo y en parte es verdad. Sólo han sido un par de horas con los párpados haciendo de persiana. Luego una ducha, hoy tampoco me afeitaré, esa barba blanca que asoma curiosa se quedará un día más.

Salgo a la calle, voy andando hasta la oficina y paro en una cafetería. Un café, un vistazo a uno de esos periódicos gratuitos para darme cuenta, de pronto, de que el día ya ha echado a andar.