miércoles, 22 de abril de 2009

Popurrí

Había muchos días en los que no escribía. Me sentaba delante del papel, pero del bolígrafo no salía nada más que una línea invisible. Parecía aquella escritura que utilizaban los espías, aquélla que sólo podía leerse a través de una vela. Pero estamos en tiempos de la electricidad y en mi casa no había velas.

Las personas que te hacen daño siempre suelen empezar la conversación preguntando cómo estás, y se despiden diciendo que te cuides. Y lo peor es que probablemente son sinceras aunque a ti no te sirven de nada.

De pequeño, un columpio de hierro me dio en la cara. De aquel golpe me quedo separado el hueso de la nariz y desde entonces sólo respiro por uno de sus orificios. En la película “300” uno de los protagonistas pierde un ojo en el fragor de la batalla. En vez de lamentarse por el perdido se siente afortunado por tener otro sano. Menos mal que tenemos dos de casi todo, pensé.

El tipo le dijo a su mujer que, debido a la crisis económica, debería aprender a hacer las labores de la casa, así podrían despedir a la sirvienta. La mujer le contestó que por qué no aprendía él a comportarse en la cama y así podrían prescindir del jardinero y el chofer.

Durante toda la semana llovió. Ya es primavera, y ella estaba en cada gota de lluvia. No me extrañó entonces esa alegría de todo el mundo cuando se llenan los pantanos.

Al principio fue el despertador, después la ducha y de nuevo la calle. El séptimo día era domingo, claro, pero siempre hay cosas que hacer. Sobre todo para Dios, que está en todas partes. Incluso en el ensayo, aunque se me rompiera una cuerda de la guitarra y se me fuera la letra en un par de ocasiones.