jueves, 9 de abril de 2009

Todo es sexo

Hay días en que todo es sexo. No se puede evitar. Todas las calles desembocan en unas piernas abiertas, sensuales y calientes. La hora del desayuno es un lascivo recuerdo de lo erótico de una cena a la luz de las velas con un ombligo de postre. Hasta el señor de verde que vive en los semáforos, que va desnudo, se pone colorado cuando sabe que los pasos de cebra se llenarán de pies haciéndole cosquillas.

Hay días en que todo es sexo. Los bolígrafos se convierten en símbolos de la fecundidad, igual que las frutas abiertas de los supermercados. Los uniformes de las azafatas del piso de abajo, las puertas cerradas de los vestuarios del gimnasio al que nunca iré. Los asientos de las motos, los domingos por la tarde, las películas en las que nadie se desnuda, los lavabos públicos, estas cuatro líneas siempre horizontales. Todo sexo.

Hay días en que todo a tu alrededor es sexo. Suelen ser días, sin embargo, en los que el único sexo es aquel que duerme en tus sueños, mirándote en forma de almohada por las noches, despertándote a la hora de ir a trabajar.

Hay días en que todo es sexo. Y son esos días en los que la vida es de color melocotón, como esos amaneceres de primavera, que altera la sangre y hace que se rebelen las faldas con una leve brisa de aire tibio y sensual.