jueves, 30 de abril de 2009

Voy, vengo, me entretengo (3)

La hora del anochecer, ese ocaso del norte, es la mejor hora para tirar unas cuantas fotografías. Está el mar en calma, apenas se mueve alguna ola tímida y silenciosa. Se relaja uno sin que nadie hable, porque es día de trabajo y la gente se retira rápidamente a sus casas apurando el día antes de volver a madrugar mañana.

Ya es tarde cuando vuelvo a casa y un tipo con mala pinta me pregunta si le dejo dos euros. Es curiosa la pregunta. Cambiar el “dame” por el “déjame”. Cabría preguntarle cuándo me los iba a devolver en caso de que se hiciera efectivo el préstamo. Pero cambia uno de acera y deja al agresivo pedigüeño gritando al otro lado. Lo miro de reojo mientras me alejo, no fuera que se arrancara de manera súbita a correr detrás de uno y se desencadenara una reyerta absurda.

Pese a todo, llego a casa sano y salvo. M. ha preparado la cena y, después de hacer la mínima valija, baja uno a ordenar la música del coche para el viaje, colocar chicles, caramelos y botellas de agua de las que echar mano a lo largo de las ocho o nueve horas que durará la vuelta a casa.