lunes, 22 de noviembre de 2010

Asalto a la hora de la siesta

Iba de puerta en puerta vendiendo telefonía móvil. Era una chica alta, esbelta y con un tono de voz muy grave. A uno, que estaba sentado en el sofá, tapado con una manta y viendo terminar el magnífico documental sobre Springsteen incluido en la caja “Darkness On The Edge Of Town”, le sonó el timbre como una alarma de incendios.

-¡Hola, ¿tenéis contratada la Adsl? Soy de Jazztel y tengo una oferta. ¿No tendrás algún hermano, primo o familiar que quiera trabajar? Hemos abierto la oficina aquí al lado… Bueno sólo pedimos ganas de trabajar, entre 18 y 35 años… No media jornada, claro, aquí no, en Barcelona sí que puede ser pero aquí de momento no… ¿La Adsl? En un mes la tienes instalada sin problemas sino te devuelven no sé qué…

Uno se quedó perplejo ante semejante facilidad de palabra. En cinco segundos había soltado todo el rollo mientras yo en zapatillas y con los ojos entrecerrados intentaba decirle simplemente: no.

Claro, decir hoy en día que no tienes Internet, o que no llevas móvil es inútil porque nadie te creería. Pero aún así me aventuré por esos caminos diciendo que no me interesaba nada de nada lo que me ofrecía.
Ella no sólo no perdió la sonrisa, sino que siguió hablando hasta culminar con un, “pues lo siento, buenas tardes”, sin enfadarse lo más mínimo por la venta fracasada.

Después, no pudo uno reprimir la curiosidad de observar por la mirilla como llamaba en todos los timbres del rellano y repetía el mismo discurso en todas las casas. También me sorprendió que todos los inquilinos fueran mucho más simpáticos que yo.