martes, 23 de noviembre de 2010

El saber sí ocupa lugar

El saber no ocupa lugar… pero pesa lo suyo. Las cajas con libros se amontonaban en la recepción de la oficina, por todos los despachos, en el almacén…
Dos meses lleva uno hablando de este traslado, del otro también, pero menos. Será que el primero hacía más ilusión por la casa nueva.

Siempre está bien empezar en otra parte. Soy un inmigrante en toda regla y orgulloso de serlo. Nací en un sitio, me trasladé a otro y me fui moviendo por varias casas. Después salí e la ciudad para ir a un pueblo y, por último, a una ciudad más pequeña que me encanta.
Pero en medio hay que mover tantísimas cosas que uno ha ido acumulando a lo largo de los años, que el operativo es cada vez más complicado. Además, no sé por qué extraña razón las cosas pesan más cuando se hacen más viejas… o tal vez el que se hace viejo soy yo.

Vino el comando Zaragoza con una furgoneta. No tengo palabras suficientes para agradecerles esa voluntad, ese hacer las cosas como si no costaran nada. Venir desde allí para volver al día siguiente y, en medio, echarse a la espalda tres viajes en furgoneta cargados hasta los topes, dice tanto que ocuparían hojas enteras con “gracias” en mayúsculas. Y qué decir de la generosidad de nuestros vecinos, Félix y Mónica, a los que hay que poner con todas las letras porque no sirven las iniciales para reconocerles el esfuerzo. Chicos, sin vosotros no lo hubiéramos podido hacer. Simplemente.

El martes, después de trabajar llegué a casa. Empecé a encontrarme como raro. Como si me atrapara un sueño y no pudiera moverme. Me asusté un poco y me senté en el sofá a ver si se me pasaba. “Si esto es algo malo, que sea lo que sea”. Y se quedo uno allí a esperar a la Señora si es que debía venir.
Claro, me decía, debe ser agotamiento. Después debí de quedarme dormido, porque no recuerdo más que ver que el reloj había avanzado media hora. Fue extraño, pero no me asusté. ¿Adónde habría ido durante esa media hora?