lunes, 15 de noviembre de 2010

Oficio de canciones

Andaba uno preocupado por la falta de canciones y de pronto apareció un verso que se enlazó con otro.
-Ah, -me dije- es verdad, así es como se hacían las canciones.

Porque es cierto que uno siempre piensa, cuando termina una canción, que jamás va a ser capaz de escribir otra. El empezar de cero es siempre una tarea vertiginosa, sea cual sea la misión. Lo malo de los poemas, por ejemplo, es que nunca los ve uno terminados, siempre hay una frase que podía haber quedado mejor, una palabra que se puede sustituir por otra. Pero, al final, se rinde uno a la evidencia de sus limitaciones, y la cosa se queda como está.

Es ésta una letra para el disco de M. al que ando dándole vueltas. Lo mejor es que escribir para él es como si lo hiciera para mí. Después de unos días juntos, en los que se vio claro que pensábamos lo mismo sobre muchas cosas, puedo ponerme en su lugar. Claro, no es esto una garantía de nada. Después hay que ser exigente y descartar, si fuera necesario, lo escrito. Eso siempre causa una sensación de fracaso, pero es momentánea, porque sabemos que significa poner alto el listón. Y eso, aunque se corre el riesgo de no estar nunca satisfecho, es el oficio.