miércoles, 22 de diciembre de 2010

Anónimos

Nadie quiere los libros que uno ha descartado. La colección Austral con clásicos de la literatura española, la de Alianza de bolsillo con ejemplares emblemáticos, desde Salinger y su guardián entre el centeno hasta algunos relatos de Lovecraft… bueno, irán a parar al container. Los dejaré fuera, bien visibles, tal y como me los encontré yo hace un par de años.
La casa se ha llenado de libros hasta tal punto que las estanterías han tomado los pasillos como una invasión extraterrestre.

Entre las páginas de un libro de filosofía han aparecido dos fotos. Una es de una mujer y otra de la misma señora con un niño. Detrás, una dedicatoria del padre. Dice que el niño está muy grande, “que ya le llega por el hombro”. Y uno, que siempre se preguntó a quién pertenecerían aquellos libros, recibió estas fotos como una pista. Incluso me sentí como uno de esos investigadores que van encontrando indicios de la existencia de un individuo desaparecido. Sería una labor imposible de realizar ahora, pero seguro que en algunos de aquellos 200 libros -o de los que se fueron definitivamente a la basura-, hay más datos de su dueño, al fin y al cabo muchas páginas tienen marcas y apuntes en los márgenes.

Anduve estos días atrás pensando en ello, pero luego me deshice de las fotos. Las rompí en mil pedacitos. Hacerlo me pareció un detalle de discreción, para que nadie las viera y les robara a sus protagonistas su propia historia, su propia novela. El misterio de su identidad quedará para siempre entre las páginas de mi biblioteca.