miércoles, 8 de diciembre de 2010

En lo alto del armario

Era la manager de un cantante no muy famoso. Después se haría un hueco entre el cariño del público pero, por aquel entonces, no había logrado grandes cosas.

Andaba yo en aquellos años intentando que managers y compañías de discos escucharan mis canciones, y siempre llevaba una cassette con ellas en el bolsillo. Eran unas cintas con carátula en color, de 45 minutos para que no costara rebobinar sin dejarse los cabezales del reproductor. En fin, una cosa cuidada, con las letras y fotos. Recuerdo que me pasaba horas doblando papeles para que quedaran de lo más aparente.

El caso es que le comenté a la manager que uno era músico y que si le podía dar una maqueta. Eso fue después de hacerles de guía por la ciudad, de hacer un poco su trabajo, porque la mujer se despistaba con frecuencia. Estaba ella en contacto con unos cuantos cantautores conocidos dentro del mundillo que luego desempañarían algunos cargos importantes dentro de la industria discográfica. Me dijo que sí, que le diera una maqueta, que se la escucharía.

Meses después volvieron por la ciudad. Después de otro día de promoción, le pregunté si se había escuchado la cinta. Me dijo que la había perdido. Suponía que la había dejado en la maleta, en lo alto del armario, y que le daba tanta pereza volver a cogerla que lo mejor era que le diera otra.
A uno esto le sentó bastante mal, así que le dije, con un poco de prepotencia eso es cierto, que una maqueta por manager. Nada más.

Era mentira, claro, muchas veces enviaba las canciones dos y tres veces a los mismos sitios a ver si me hacían caso. Pero en aquella ocasión no merecía la pena perder más el tiempo.
Con el paso de los años, hasta el propio artista me reconoció que la mujer era un desastre y su oficina de representación desapareció como un barco entre la niebla del que ya nadie se acuerda.