martes, 21 de diciembre de 2010

Papel

De aquellos libros que aparecieron en la basura y que uno tuvo que subir a casa con un carro, quedaron la mitad. Aún así eran unos 200 ejemplares de temática diversa, aunque abundaba la novela y muchos clásicos que merecía la pena conservar.

Después, cuando pasa el tiempo se va comprobando que nunca se van a leer esas páginas. Uno piensa que llegará ese tiempo de la jubilación en que no habrá nada más que hacer que contemplar las obras o asomarse a la ventana con el transistor encendido y la mirada perdida en el infinito. Y ese será el momento de ponerse a leer. Pero el caso es que estos días he decidido deshacerme de una gran cantidad de ellos. Porque también es cierto que si alguna vez quiere uno leer a Tolstoi, lo más probable es que vaya a la librería y se compre un ejemplar en buen estado y no eche mano de estas páginas amarillentas que no invitan a su lectura.

Aún así, después de la primera criba, el listado de libros sigue siendo demasiado largo. Se quedan los que uno ha comprado y conservado con el mino que tiene también con los discos, las guitarras y los muñequitos del sótano… en fin, con todo. Esa será la herencia al fin y al cabo.