jueves, 9 de diciembre de 2010

Una sonrisa por favor

Me impresionó verlo así. En aquella caja, entre unas telas de seda, rodeado de flores y en aquella sala, de aire irrespirable por las transpiraciones de la familia secándose las lágrimas.

Era como de mentira, como de cera. Su mujer decía “está igual”, pero no estaba igual. Le faltaba la vida y esa seriedad del maquillaje le había robado cualquier atisbo de que “hubiera sido” alguna vez.

Uno quisiera que cuando lo arreglen para tal evento le pongan una sonrisa en la cara. Qué les importará a los del tanatorio un poquito de tirantez por aquí y otro por allá. Que el último recuerdo que se lleve la gente sea el de un tipo que se ríe. Vale, es todo una putada, pero ya que la familia no pasa por disecarme y ponerme en la puerta para colgar los abrigos y el sombrero, por lo menos que se quede uno haciendo lo que más le gusta que es reírse.