martes, 7 de junio de 2011

Desayunos

El sábado fui a desayunar fuera. Siempre lo hacemos en casa, pero aproveché para ir a comprar los periódicos y tomarme un bocata en un bar al que le estoy cogiendo especial cariño. No porque sea nada especial, sino porque era un bar en el que antes de la prohibición de fumar ya no permitía humos de tabaco.
El camarero y dueño del establecimiento es la persona más educada del mundo. Y eso, habituado a los camareros que te tratan de tú, se rascan la entrepierna mientras te toman nota o simplemente no tienen un ápice de cordialidad con el cliente, me parece que hay que tenerlo muy en cuenta.

El caso es que, mientras me preparaba el bocadillo, me llamó M. por teléfono. En ese momento el camarero me preguntó si en la Coca-Cola quería hielo y limón. Yo le contesté que no interrumpiendo la conversación telefónica. Cuando me sirvió en la mesa, me pidió disculpas por no haberse dado cuenta de que uno estaba al teléfono. Me daban ganas de abrazarlo, directamente. Hasta una madre con una niña, que eran los únicos clientes que había en el bar, eran de lo más silencioso. Será que lo bueno también se pega.

Desde entonces lo bauticé como “El educadín”, utilizando el diminutivo cariñoso que empleamos siempre los asturianos con esa melancolía típica de la Playa de San Lorenzo. Un lugar selecto, sin duda.