viernes, 22 de julio de 2011

Guadañas y flores

Cuando murió V., mi tío se vistió de traje y corbata. De riguroso negro recibía a la gente que pasaba por el tanatorio y todo era muy sobrio, muy serio.
Se sorprendía uno riéndose con alguien, contando alguna anécdota graciosa hasta que, de repente, volvía a la realidad del frío de aquel lugar, donde despedíamos a alguien que había significado tanto para nsotros.
La otra tarde fuimos al tanatorio. Estaba semivacío. No vi aquella sobriedad. Pantalones cortos, bermudas de colores, camisetas sin mangas… El verano, claro. El aire acondicionado hacía que aquel lugar fuese más frío de lo que es, con ese aséptico paisaje de cabinas individuales. No quisimos ver al difunto, yo no lo conocía además, así que fue todo breve y rápido. Como la propia muerte, que cuando aparece, ya no hay vuelta atrás. Que sea entonces de vivos colores…